
Estudiantes universitarios, empleados, pacientes que se dirigen a cualquiera de los dos complejos sanitarios o abuelos representan el target habitual de una mañana cualquiera.
El tranvía está dividido en diferentes tipos de vagones; unos diseñados para asientos normales y otros, más específicos, para distintos posibles viajeros: pasajeros con escasa movilidad, carritos de bebés, bicicletas, embarazadas, etc. Para ellos hay un tipo de asiento distinto, de fácil acceso o, incluso, plegable para sujetar bicis, carritos de bebés o sillas de ruedas. De más está decir que estas indicaciones lucen muy bien en los cristales, pero brillan por su ausencia en la práctica.

A fuerza de repetir lo mismo cada jornada, un día caí en la cuenta de algo curioso: la manera, casi sistemática, en la que esos asientos se iban ocupando.
Estos asientos están dispuestos en dos grupos de cuatro, cada uno a un lateral del vagón. Un grupo es de asientos fijos y el otro es abatible, individualmente.
Lo normal es que primero se ocupen las cuatro esquinas. En este caso es indiferente el sexo de su ocupante, aunque casi siempre las primeras esquinas en ocuparse son las del grupo de asientos fijos.

Una vez están ocupadas las cuatro esquinas puede ocurrir lo siguiente.Supongamos que en las dos esquinas superiores se han sentado dos mujeres y en las esquinas opuestas, dos hombres.
Lo que con toda probabilidad ocurrirá será que:
- Al lado de una mujer se sentará otra.
- Al lado de un hombre se sentará otro.
- Los dos asientos restantes se completarán sin distinción de sexo, aunque preferiblemente, enfrente de una mujer se sentará otra y lo mismo ocurrirá en el caso de los hombres.
También es posible que en el grupo de asientos fijos, se sienten dos pasajeros, cada uno en el extremo opuesto y de sexos distintos, pero en el otro grupo, solo uno se siente en la esquina y el otro pasajero, de igual sexo, ocupa un asiento dejando libre los de su costado, que quedarán sin abatir.
En este caso se podrán dar dos alternativas distintas, dependiendo del sexo que ocupe la mayoría de los asientos “iniciales”.
“Algunas veces la gente trata de hacer notar la posición de una porción de territorio público tan sólo por la ubicación que elige. En una biblioteca vacía, alguien que simplemente quiere sentarse solo, selecciona una silla en la punta de una mesa rectangular; pero en cambio, el que quiere desanimar abiertamente a otra persona a que se le aproxime, se sienta en la silla del medio. También podemos ver el mismo fenómeno en los bancos de las plazas. Si la primera persona que llega se sienta en una punta, la segunda lo hará en el otro extremo y después de esto, suponiendo que se trate de un banco corto, si la primera persona se sienta exactamente en el centro, podrá lograr mantenerlo para ella sola durante un lapso...” (Pág. 53, “El lenguaje de los gestos” de Flora Davis).
Ahora lo que me intriga es saber ¿quién nos enseña a actuar así? ¿es algo innato o lo aprendemos sin darnos cuenta?.
Mientras tanto, sonrío la mañana en la que se cumplen los pronósticos, porque no deja de darme una pequeña satisfacción haber hecho esta “investigación” entre bostezos, legañas y asientos de tranvía. Lo sé, casi es lo mismo que un banco en una plaza o en una biblioteca, pero yo lo he hecho en “movimiento”.
Seguiré observando....
























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