Desde hace algunos días, el servicio meteorológico venía alertando de posibilidad de lluvias fuertes de hasta 120 litros por metro cuadrado y como tengo curiosidad innata, observaba la evolución del tiempo a través de las imágenes de satélite que se muestran en la web de la Agencia Estatal de Meteorología; de hecho, hay un enlace permanente en mi blog desde su creación.
Ha sido curioso ver como las “corrientes” se invertían este año y las nubes, en lugar de llegarnos a Canarias desde la zona de Cabo Verde, como es habitual, cruzaban todo el Atlántico desde el Caribe. Este invierno ha sido muy cálido con respecto a años anteriores y los escasos días fríos de la semana pasada desaparecieron el jueves para devolvernos a una “primavera” extraña.
“Temporales del sur, son los peores” dicen nuestros mayores, cuyas retinas, a lo largo de muchos años, han observado distintos y variados episodios meteorológicos.
De las lluvias poco hay que decir, son fenómenos de la Naturaleza y no se pueden controlar.
Otras cosas sí pero no lo hacemos. El “mal” progreso, el que nos pone de espaldas hacia las verdades que nos muestran nuestro entorno, quien desoye lo que tienen que contar quienes más saben porque han visto en el pasado, quienes creen que el cemento es capaz de dominar lo indominable.
Nuestra sed insaciable por ocupar espacios y construir, han contribuido en gran medida a que lluvias que, probablemente, han ocurrido durante cientos de años, se conviertan en tragedia, en pérdidas incalculables, en sufrimiento, en cientos de historias personales sin final feliz.
Ocupamos barrancos, construimos sobre lo que fueran caudales naturales, creamos diques artificiales con carreteras, avenidas, edificios y hacemos todo lo posible por olvidarnos que “el agua, cuando corre, coge su camino” esté libre o no.
Éso es lo que ha pasado en Santa Cruz de Tenerife.
La lluvia que, en algunos puntos, ha alcanzado los 270 litros por metro cuadrado, “ocupó” lo que era suyo y si no lo era, lo “creó”. Vivimos en una isla con la peculiaridad de alcanzar la cota de mayor altura de todo el país en pocos kilómetros. Por tanto, todo es “bajada” hasta el mar”. Los litros caídos más arriba se juntan con los de más abajo y así va multiplicando el volumen hasta alcanzar el mar. Y de nada sirve el alcantarillado, no hay capacidad para tanta agua, no existen esas “infraestructuras” pensadas para unas lluvias que pueden ocurrir de “San Juan a Corpus”.
Que corra el agua, pero ¿hacia dónde?. Da igual, ella salta, busca, crea, rompe y destroza, pero llega a su destino, el mar. No haberte puesto en su camino.
He tomado “prestadas” algunas fotos de mi entorno que han sido publicadas en el periódico La Opinión de Tenerife (edición digital), posiblemente, enviadas por algunos vecinos.
Avenida Príncipes de EspañaFoto (Delia Padrón, La Opinión)
Hacía apenas unos minutos que acababa de llegar del trabajo, donde durante todo el día estuve achicando agua. Llamé a casa de mis padres para contarles que ya había llegado. De pronto, la calle más próxima a mi edificio se cubrió de agua, de lado a lado. Los coches fueron sorprendidos por la tromba, algunos quedaron atrapados. No me podía creer lo que estaba viendo desde mi balcón. ¿De dónde salió tanta agua junta en un instante?. Estaba lloviendo fuerte, es cierto, como durante todo el día, pero aquello no podía haber caído en esos pocos minutos.


Calle Elías Bacallado Fotos (Antonio Márquez, La Opinión)
Toda esa agua que sale de esa “alcantarilla” (que en realidad es la canalización de un barranco “ocupado”), terminó por inundar de tal manera el Colegio Chimisay que provocó la caída del muro del patio. Este muro colisionó con la fachada del edificio donde viven mis padres, justamente, en la fachada de la vecina colindante. Tras el impacto brutal, la fuerza del agua, acumulada en la presa “artificial” en que se convirtió el patio del colegio, arrancó ventanas, con marcos y todo, rompió parte de la pared y entró por la vivienda arrasándolo todo. En ese instante, la única persona que se encontraba en el domicilio gritó desesperadamente y al abrir mi madre la puerta para ver qué pasaba, sin imaginar lo que se le venía encima, el agua comenzó a salir de esa vivienda y a colarse en la de mis padres.
La rápida colaboración de todos los vecinos del edificio, contribuyó a que la vivienda de mis padres no se inundara de manera “catastrófica”, pero la de los vecinos es otro cantar. Han perdido mucho.
Ajena al momento que estaban viviendo mis padres y alucinando por lo que estaba viendo, recibí la llamada desesperada de mi hermana: “Mira a ver si puedes llamar a algún vecino y que avise a mamá, que coja el teléfono, que no hay manera. Estamos “atrapados” en Tomé Cano, no podemos mover el coche y la policía nos ha desviado”. Le dije “No te preocupes, bajo yo directamente”.
Según iba por la calle, encontraba gente “mirando” en los alrededores del colegio, pero no podía imaginarme el caos que me esperaba segundos después.
Vecinos pertrechados con cepillos, fregonas, escobas sacaban agua de la casa de mis padres. Mi madre intentaba calmar los llantos de mi pobre sobrinito que se asustó de tanto “movimiento extraño” y clamaba por su madre. Durante unos minutos traté de calmarle porque al verme su carita cambió, pero fue inútil, él quería a sus padres y ellos estaban lejos, atrapados dentro de su coche.
Terminé por darle el niño a mi padre porque se necesitaba más gente en la puerta para evitar que todo lo que salía de la casa de los vecinos entrara en la de mis padres. Le grité a mi madre “Cierra la puerta y pon toallas, trapos, lo que sea debajo”. Hasta que aquella vivienda no dejó de manar a chorro me mantuve dando escobazos, sin parar, para evitar que nuevamente se llenara la vivienda de mis padres. Luego, no podía seguir escuchando a mi sobrino llorar desconsoladamente. Me fui hasta él y lo cogí en brazos y juntos, entre lágrimas y mocos, esperamos “desesperados” hasta que llegaran sus padres, que habían abandonado su coche y se habían dispuesto volver a casa caminando, por calles enlodadas, alcantarillas abiertas, piedras y, sobre todo, en pendiente y a oscuras.
Mi hermana relata en su blog la “angustia de madre” que sintió al verse atrapada y sin posibilidad de llegar hasta su hijo y la comprendo, porque yo a esas alturas no sabía donde estaba el mío que, encima, se había dejado el móvil en casa y no podía ponerme en contacto con él. Cuando al fín llegaron mi hermana y su marido, dejé al niño en sus brazos y seguimos achicando agua y barro durante un par de horas más.
La noche se volcó de lleno sobre la ciudad, casi toda sin suministro eléctrico, lo que impedía ver “lo que había pasado”, ni en nuestro alrededor, ni en el resto.
La casa de mis padres volvió a la normalidad, casi, aquella misma noche. Han estado sin luz hasta la madruga de hoy, día 4, porque la caída del muro provocó una avería en el cableado hacia el edificio.
No pueden decir lo mismo nuestros vecinos que, aún, esperan la llegada de algún técnico o perito que evalúe sus daños.
Éstas son algunas fotos "del día después” de la vivienda afectada, ya sin agua y limpia de barro, del colegio en pleno proceso de limpieza y del muro en cuestión con operarios trabajando para retirarlo. Todas estas fotos también han sido tomadas “prestadas” del periódico La Opinión de Tenerife y realizadas por Delia Padrón.
La ciudad vuelve a funcionar, poco a poco, nosotros, sus vecinos, volvemos a nuestras rutinas pero hay momentos que son difíciles de olvidar aunque deberían servirnos para "enseñarnos" de cara al futuro.
Aquí pueden verse muchas fotografías que muestran cómo afectó este temporal a esta isla y sus vecinos. (La Opinión de Tenerife, Fotogalerías)
Aquí hay algunos vídeos. (La Opinión de Tenerife, Vídeos)
Aquí noticia publicada sobre la casa de nuestros vecinos. (La Opinión de Tenerife)








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