
“¿Sí?”- le pregunté.
Y casi sin poder hablar, respirando con cierta dificultad, “el hombre que jadeaba en mi puerta” me dijo: “Buenas tardes, señora, soy Fulanito de Tal y Tal y estoy realizando una encuesta de Sigma 2 sobre los problemas de salud en esta zona”.
“Ah, muy bien, pues anote que la falta de ascensores en estos edificios agudiza esos problemas, como habrá notado”- no lo pude evitar, le faltaba tanto el resuello que más que tres pisos de escaleras parecía que había subido al Everest. Sonrió como pudo y tras hacerme las advertencias “legales” sobre la protección de mis datos y la información que le iba a proporcionar, etc., me preguntó:
“¿Vive aquí algún joven?”. Creo que al verme sonreír primero y contestar “Sí, uno de 16 años”, se dijo para sus adentros ¡¡¡¡BINGO!!!!, pero poco le duró la alegría cuando preguntó “¿Se encuentra en casa?” y obtuvo un no por respuesta.
“Hay que ver lo que me está costando encontrar a la gente joven en casa. Tengo que hacerle la encuesta a dos jóvenes entre 16 y 24 años y no hay manera”- me dijo como lamentándose del tremendo esfuerzo que había hecho escalando hacia los confines de mi edificio y su infructuosa búsqueda de la juventud.
“Hombre, es que …es difícil. Por la mañana, o están en clase o durmiendo y a estas horas, lo normal es que estén “rumbeando”, vamos, con el rumbo en otra parte, quiero decir”- intenté consolarlo.
Estuve a punto de preguntarle si nadie le había enseñado el teorema del “espejo joven”, aquel que dice algo así como “los minutos que un joven pasa delante del espejo (ya sea entre gomina, secadores o espinillas) son inversamente proporcionales al tiempo que pasa en las dependencias comunes de su hogar y directamente proporcional al tiempo que pasa en la calle, con sus amigos/as, churris o lo que sea”, pero ya se le notaba bastante afligido como para estarle pinchando con sarcasmos.
Miró un poco los formularios y casi de manera automática me dijo: “Sólo dos preguntas algo indiscretas, ¿puedo?”
“Adelante”- le indiqué.
“¿Es Ud. cabeza de familia?”.
“Pues si, ahí si que has acertado”.
“¿Edad?”, mientras casi marcaba una casilla.
“41”- contesté.
“¿41? Y yo que pensaba que ya me quedaba sin hacer la encuesta. Es que, además de los dos jóvenes, me faltaba una mujer entre 40 y 50 años, pero, sinceramente, no pensé que usted tuviera más de 38 y eso por que dijo antes que su hijo tiene 16; yo tengo 34 y estoy hecho una mierda (con perdón) . Entonces ¿no le importa que le haga unas preguntitas más, verdad?”
“No, claro, pregunta, pregunta”- le contesté y juro por Snoopy y los Mosqueperros que nada tuvo que ver con que me echara unos años menos, es que una es así de colaboradora. Aunque sí pensé “Caramba, el teorema del “espejo joven” no se lo sabe, pero el del “espejo mentiroso” lo domina perfectamente” (jejeje).
El cuestionario estaba dirigido hacia preguntas relacionadas con las drogodependencias, consumos habituales, edades, situación en el entorno, etc. En mi caso no tuvo mucho trabajo, los NO superaban con creces al resto de contestaciones posibles y la velocidad que mostraba en marcar casillas dejaba claro que llevaba unos cuantos días dedicándose a la “puerta fría”, a esa en la que te abren y, con la misma, te la cierran, zassss, mientras se oye, como en un suspiro que se aleja, “No me interesaaaaaa”.
Ya estábamos finalizando, cuando el encuestador recibió una llamada de su compañera de trabajo, que se encontraba en el portal vecino, según me dijo después. Dos minutos más tarde, volvió a sonar el móvil.
“Ya voy, ya voy”- dijo. “Le acaban de tirar una piedra a mi compañera en la calle”- me comentó.
“¿Una pedrada en mi barrio? ¿Desde cuando pa’ donde?”- pensé- “Ni que aquí tuviéramos una Intifada particular”.
Rápidamente, me hizo la última pregunta y, dándome las gracias, se dirigió hacia los escalones.
“Voy a ver qué le ha pasado”- dijo.
“Si, si, vete, vete”- le contesté. Pero cuando ya casi iba por el segundo piso, le grité desde arriba, partiéndome de risa: “Junto a la falta de ascensores, apunta las pedradas como problemas de salud en este barrio” y un “vale, vale”, entre carcajadas, se elevó por el hueco de las escaleras.
Y …¿quién sabe? A lo mejor cualquier día me encuentro en la prensa, o en la Tv, una noticia que diga: “Según los datos que se desprenden de la encuesta realizada a los vecinos de los barrios de esta capital, todo apunta a que la ausencia de ascensores en edificios de más de dos plantas parece que guarda alguna relación con la cantidad de pedradas que reciben los foráneos en sus proximidades. Asimismo, se constata que el número de problemas respiratorios son más frecuentes en los vecinos que habitan en las zonas más altas de estos edificios ,que los que viven en las plantas inferiores, dado que, aquellos, tan pronto como llegan a sus viviendas se encuentran más fatigados y con signos inequívocos de falta de aire”.
Porque digo yo ¿de verdad alguien se fía del resultado de las encuestas? ¿somos lo suficientemente sinceros o contestamos lo que creemos que deberíamos contestar? ¿sirven de algo? ¿tienen moraleja? .
Eso sí, al menos, ahora sé que las hacen de verdad, porque siempre pensé que se las inventaban. En fin, ahora soy “algo” más que hace dos días; formo parte de la estadística.
Y a ti ¿te han preguntado, en serio, alguna vez? ¿contestaste con seriedad?.




























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