17 de febrero de 2010

Noche de fiesta


Ni muy pronto, ni muy tarde, pero tras cenar y descansar un poco, viendo la Tv, llegó la hora de la transformación en “carnavaleros” de la noche.
“Ahora cuando me maquille, te pinto la barba a ti” – argumentaba entre las brochas y colores a los que saludo, casi, de año en año.
Ya estamos listos, ahora las fotos.


“A ver, DNI, dinero, bono de transporte, el móvil, la mochila con los bocatas de tortilla (jejeje), los chubasqueros por si acaso, venga, pa’ la calle”.
La climatología nos acompaña de momento, no hace frío y no llueve.
De camino hacia la parada de la guagua (autobús), vemos que muchos carnavaleros, ataviados como es preceptivo, van por la avenida caminando.
“Mira, allí hay un tranvía, si éste viene muy lleno, cogemos la guagua como la otra noche”.
“Allí hay una estacionada, corre a ver si llegamos a tiempo”.
Corremos nosotros y cien personas más. ¿Pero de dónde ha salido tanta gente y a estas horas?. Tenemos que hacernos un hueco como sea y lo logramos, pero también todos los demás.
Escuchamos decir que el tranvía está parado porque otro, en otra parte del recorrido, se ha averiado y no pueden seguir. Esta es la razón de tanta gente al mismo tiempo, se han bajado del tranvía e intentan coger la guagua.
Se abren las puertas traseras, no sabemos si ha sido el chofer o alguien desde afuera que ha activado la apertura de emergencia. El caso es que entran todos. La guagua va hasta la bandera. Cuando arranca, de manera espontánea todo el mundo comienza a cantar en homenaje hacia al chofer que ha consentido en que subieran todos los que esperaban:
“El chofer, el chofer, el chofer cojonudoooo, como el chofer no hay ninguno”

No cabe ni un alfiler, unos contra otros, risas, más fiesta, vasos llenos de bebidas.
Miro a Luis y le digo “Ay mi madre, está la guagua como para que vuelque” y es que parecía que se tambaleaba más de la cuenta.
La gente sigue cantando y el chofer se “enrala” (expresión que quiere decir “se anima”) y cada vez que tiene que frenar en un semáforo, suelta el freno y vuelve a tocarlo, logrando que la guagua se tambalee al tiempo que su “contenido” jalea , “Ehhh, ehhhhhh, ehhhhhhh”.
En una de éstas, un vaso sale despedido y me llena la cara y parte del disfraz de algo así como ron con algún refresco. Si me limpio la cara con la mano tendré churretes de rimel toda la noche, así que opto por dejarlo estar, que se seque con el “calor ambiental”.
Por fin llegamos al destino. Respiré hondo porque el trayecto fue bastante movidito.
Enfilamos hacia el lugar donde desde hace 8 o 9 años nos pasamos las noches enteras bailando.
Por el camino, mucha gente, muchos disfraces, muchas risas y ese deambular tan característico de estas fechas; de calle en calle, de carroza en carroza, de kiosco en kiosco. Y sobre todo, música por todas partes.
Al rato de estar en el lugar elegido, la música deja de sonar con la intensidad habitual. Vemos como alguno de los miembros de la carroza se sube al techo para comprobar qué le pasa al altavoz. Mala suerte, los bajos se han roto y no tendremos música como de costumbre.
No importa, en la carroza de al lado hay más y, casi, mejor.
Seguimos bailando, una cervecita, un bocata, más baile. Un mensaje al móvil de mi hijo para ver si está bien. Al rato aparece por allí. Está entero, menos mal. Y es que aunque uno sale a divertirse, la “profesión de padres” no tiene descanso.
Van pasando las horas, pero las ganas de seguir bailando acompañan; ahora salsa o merengue, luego “chumba chumba” (o sea, música de “ahora”), otra vez un surtido de música latina. El carnaval es así, cualquier música sirve si es bailable y todo el mundo lo baila, sea de su preferencia o no.

A veces, la música cesa, es la costumbre cuando se escuchan las sirenas de alguna ambulancia. Así, el gentío se percata y se aparta hacia los lados hasta que el vehículo pasa. Y esto se respeta bastante, aunque la calle esté repleta de gente de un lado al otro.
Vuelve la música a sonar y seguimos bailando hasta que mirando el reloj nos hacemos conscientes de la hora que es.
“Son las 6:30, ¿nos vamos ya?”. Otro mensajito al móvil de mi hijo y vuelve a aparecer al ratito.
“Oye, que nosotros nos vamos ya ¿cuándo te vas tú?”- le pregunto.
“En breve, porque los muchachos también se están marchando ya”- me contesta mientras me da un beso.
Lo miro mientras baja calle abajo. Aunque he visto a muchos jóvenes pasados de alcohol y a saber cuántas cosas más, también es cierto que otros muchísimos salen a divertirse, sin la necesidad de “desfasarse”. Lo veo escabullirse entre el gentío y pienso “Es buen muchacho, tiene fundamento”.
Se ha levantado viento.
Caminamos de vuelta a la estación de guaguas, pero hacemos una parada para comprar los churros que nos iremos comiendo hasta llegar a casa.
Hemos tenido suerte, podemos ir sentados. Son algo más de las 7 de la mañana y el día comienza a clarear.
Para cuando llegamos al barrio, unas gotas de lluvia nos sorprenden. Corremos hacia el portal con los jerseys en la cabeza.
Por fin, en casa, ¡qué alivio! Zapatos fuera, una ducha calentita, pijama, un vaso de soja templada y a la cama.
¡Ah, no!, aún falta algo. Móvil y llamada al “rey la casa”.
“¿Por dónde andas, amor?- pregunto. “Estoy llegando, mamá...en unos minutos estoy en casa”- me responde. “Vale, me voy a la cama, estoy muerta”- sentencio.
Un “mamá, ya estoy aquí” y un beso de “buenos días noches” son lo último que recuerdo de esta noche de carnaval.
Habrá más, espero, el sábado que viene, pero por hoy “ya está bien”, jeje.


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15 de febrero de 2010

Carnaval, carnaval


Son las cuatro de la tarde, salgo pitando del trabajo, es lunes de carnaval y, aunque el tiempo no acompaña, esta noche saldremos nuevamente a la calle a bailar y a reír durante unas horas.
No lo puedo evitar, me gusta el carnaval.
Veo que se acerca el tranvía, corro un poco para ver si lo alcanzo y me evito tener que esperar un rato más; lo consigo. Valido el bono y me apoyo cerca de unas de las puertas, como todos los días.
Y entonces me fijo en un grupo de seis adolescentes, tres chicos y tres chicas. No creo que ninguno alcance los 15 años, pero igual me equivoco. Van haciendo ruido, hablando en voz alta, como todos a esa edad, pero además van disfrazados tan temprano. Hay una brujita, en la que destacan sus zapatos de tacón. Uno de los chicos no lleva disfraz a la vista. Y los cuatro restantes van disfrazados de “Amante”; camisa blanca, corbata desaliñada, pantalones cortos o calzoncillos y muchos besos de carmín rojo, pero muchos, muchos; en el cuello, en la cara, en los brazos, en la misma camisa.
Bajo una sonrisa voy imaginando el rato que se han pasado besándose los unos a los otros para ir dejando esas marcas visibles. Y me río, porque hace dos años me pasé un buen rato pintándome los labios y estampándoles besos a mi hijo y a un amigo suyo que vinieron a casa a disfrazarse de lo mismo.
Los sigo observando sin poder evitar que la sonrisa me acompañe. Y entonces me fijo en la pierna de una de las chicas, lleva escrito, en rojo, “Amante”, de arriba abajo. La sonrisa se convierte en carcajada disimulada. Lo lleva escrito por si hubiera alguna duda respecto a su disfraz, a ver si la van a confundir con otra cosa, jaja.
Y entonces reflexiono sobre mis propios disfraces, si también, a lo largo de los años, he tenido ese “deseo oculto” de aparentar lo que me gustaría ser y no soy, y casi me parto de la risa recordándolos.
Desde mis primeros años hasta la actualidad, dejando como paréntesis los años que viví fuera de Tenerife, mis disfraces han sido: gato, gitana, hada, campesina, romana, niña pequeña, cabaretera, troglodita, camarera fashion, chica de los ’60, Morticia Adams, santera, muñeca Guendolín (la del recuerdo de la mili), jueza, china, pirata, bruja, ganster, vampiresa y el sábado pasado, payaso.

Esta noche toca ir de japonesa. Me hubiera encantado tener un buen kimono y transformarme en geisha, pero no podría bailar con tanta “tela”. Así que he optado por una antigua bata “con dragón”, unos pantalones de pijama de raso, unos bonitos palillos para comer chino que he pintado y decorado con unas flores artificiales y el maquillaje.

Dado que me atrae lo oriental, los palillos “floridos” en mi pelo serán como la palabra “amante” en la pierna de la adolescente. Aparentar ser lo que no soy, pero me gustaría.

Es carnaval, carnaval.
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12 de febrero de 2010

Memoria virtual


Hace algunas semanas, mi madre me relataba algo que había escuchado en la radio sobre el “peligro” que conlleva esta nueva “memoria universal virtual”, de la que hacemos uso a diario.

Al parecer hay quien ya piensa en qué pasará en los siglos venideros con tantas y tantas letras como vamos incluyendo en internet, en los blogs, en los distintos portales, en archivos personales y de empresas.
Se plantean a mayor escala lo que ya nos ocurre cuando usamos tal o cual formato y al cabo de una década desaparece del mercado y aparecen otros, a veces, incompatibles, incluso, con lo que usábamos anteriormente.

Si bien a lo largo de la Historia, el hombre ha ido dejando su huella en formatos “tangibles” (piedra, pergaminos, papel, etc.), ahora vamos marcando la nuestra en un “limbo” de tecnología actual pero que, a la larga quien sabe si no será desbancado por otro tipo de almacenamiento que impida a nuestros descendientes acceder a tanta información como vamos dejando colgada por ahí.

Bien es verdad que no todo es tan importante como para que nos “sobreviva”, pero también es posible que les prive de tropezarse con “los escritos del bisabuelo” o que aparezcan nuestros desvaríos en un baúl olvidado durante décadas.

Sin ir tan lejos, creo que es fácil comprobar como tipos de almacenamiento que fueron considerados “de ultimísima generación” dejaron de serlo en cuestión de pocos años.
Al nacer mi hijo, como otras tantas familias, nos pareció buena idea hacernos con una cámara de vídeo para “inmortalizar” los primeros baños, los primeros pasos, las pedorretas a la hora de comer y los primeros metros con el correpasillos nuevo y hoy esas grabaciones se encuentran “muertas” de risa porque ni la cámara es compatible, ni se encuentran baterías y pasarlas a un nuevo formato sale casi tan caro como volver a tener otro hijo, que tampoco es plan. Y sólo han pasado 16 años.

¿Qué ocurrirá dentro de 100? ¿Quedará algo de estas letras para que, al menos, se pueda llegar a pensar que había quien escribía, quien plasmaba sus pensamientos?.
Puede ser que mientras estemos en este mundo, nos dediquemos a ir cambiando de formato nuestros archivos, pero no descartaría la posibilidad de ir dejándolo en papel porque bibliotecas antiquísimas siguen existiendo, a pesar del paso del tiempo, pero ¿alguien nos puede asegurar que ocurrirá lo mismo con todo lo que “creamos” de manera virtual?.

Ayer, me tropecé con una compañera mientras corría a buscar “sus agendas”; me comentaba que todo el mundo la instaba a pasar esos datos al pc o a alguna agenda electrónica pero no terminaba de convencerle el método, prefiere seguir atesorando sus libretas de direcciones, sus contactos, en algo “que pueda tocar”. Y son muchas las personas que piensan de igual manera. Hace unos días, Germán Gijón también comentaba lo mismo en su blog; prefiere las agendas de “toda la vida”.

Para el último cumpleaños de mi padre, le “editamos” un libro con muchas de las coplas que sabe y que, aún no siendo suyas, guarda en su memoria desde los años de su juventud. Si lo hicimos así, fue porque nos preocupaba que todo ese “conocimiento popular” desapareciera para siempre cuando nuestro padre nos falte. Forma parte de nuestras vidas, de la suya, pero no estábamos seguras de poder guardar en nuestras cabezas todas esas cosas, por lo que el papel nos aseguraba el poder mantenerlas, al menos, durante nuestra propia existencia en un formato “seguro”. Es un legado particular, sin ningún valor añadido, más que el poder conservar el “recuerdo”.

Dicen que el ciclo de una persona se completa cuando, por lo menos, ha plantado un árbol, escrito un libro y tenido un hijo. Es curioso que cada una de estas cosas sean “tangibles”, al menos, durante una generación más, lo que nos permitiría “sobrevivir” durante algo más que nuestra propia existencia. Y lo cierto es que, a priori, cualquiera de estas tres cosas van a durar más que el último formato de almacenamiento “virtual”.

No sé, me estoy planteando “seriamente” si no sería conveniente volver a la pluma y el papel o, al menos, imprimir las cosas que, realmente, nos gustaría conservar y, quien sabe, dejar atrás, por si las moscas.
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5 de febrero de 2010

Lo que el cielo nos trajo...



Desde hace algunos días, el servicio meteorológico venía alertando de posibilidad de lluvias fuertes de hasta 120 litros por metro cuadrado y como tengo curiosidad innata, observaba la evolución del tiempo a través de las imágenes de satélite que se muestran en la web de la Agencia Estatal de Meteorología; de hecho, hay un enlace permanente en mi blog desde su creación.
Ha sido curioso ver como las “corrientes” se invertían este año y las nubes, en lugar de llegarnos a Canarias desde la zona de Cabo Verde, como es habitual, cruzaban todo el Atlántico desde el Caribe. Este invierno ha sido muy cálido con respecto a años anteriores y los escasos días fríos de la semana pasada desaparecieron el jueves para devolvernos a una “primavera” extraña.
“Temporales del sur, son los peores” dicen nuestros mayores, cuyas retinas, a lo largo de muchos años, han observado distintos y variados episodios meteorológicos.
De las lluvias poco hay que decir, son fenómenos de la Naturaleza y no se pueden controlar.
Otras cosas sí pero no lo hacemos. El “mal” progreso, el que nos pone de espaldas hacia las verdades que nos muestran nuestro entorno, quien desoye lo que tienen que contar quienes más saben porque han visto en el pasado, quienes creen que el cemento es capaz de dominar lo indominable.
Nuestra sed insaciable por ocupar espacios y construir, han contribuido en gran medida a que lluvias que, probablemente, han ocurrido durante cientos de años, se conviertan en tragedia, en pérdidas incalculables, en sufrimiento, en cientos de historias personales sin final feliz.
Ocupamos barrancos, construimos sobre lo que fueran caudales naturales, creamos diques artificiales con carreteras, avenidas, edificios y hacemos todo lo posible por olvidarnos que “el agua, cuando corre, coge su camino” esté libre o no.

Éso es lo que ha pasado en Santa Cruz de Tenerife.

La lluvia que, en algunos puntos, ha alcanzado los 270 litros por metro cuadrado, “ocupó” lo que era suyo y si no lo era, lo “creó”. Vivimos en una isla con la peculiaridad de alcanzar la cota de mayor altura de todo el país en pocos kilómetros. Por tanto, todo es “bajada” hasta el mar”. Los litros caídos más arriba se juntan con los de más abajo y así va multiplicando el volumen hasta alcanzar el mar. Y de nada sirve el alcantarillado, no hay capacidad para tanta agua, no existen esas “infraestructuras” pensadas para unas lluvias que pueden ocurrir de “San Juan a Corpus”.

Que corra el agua, pero ¿hacia dónde?. Da igual, ella salta, busca, crea, rompe y destroza, pero llega a su destino, el mar. No haberte puesto en su camino.

He tomado “prestadas” algunas fotos de mi entorno que han sido publicadas en el periódico La Opinión de Tenerife (edición digital), posiblemente, enviadas por algunos vecinos.



Avenida Príncipes de España
Foto (Delia Padrón, La Opinión)

Hacía apenas unos minutos que acababa de llegar del trabajo, donde durante todo el día estuve achicando agua. Llamé a casa de mis padres para contarles que ya había llegado. De pronto, la calle más próxima a mi edificio se cubrió de agua, de lado a lado. Los coches fueron sorprendidos por la tromba, algunos quedaron atrapados. No me podía creer lo que estaba viendo desde mi balcón. ¿De dónde salió tanta agua junta en un instante?. Estaba lloviendo fuerte, es cierto, como durante todo el día, pero aquello no podía haber caído en esos pocos minutos.



Calle Elías Bacallado Fotos (Antonio Márquez, La Opinión)

Toda esa agua que sale de esa “alcantarilla” (que en realidad es la canalización de un barranco “ocupado”), terminó por inundar de tal manera el Colegio Chimisay que provocó la caída del muro del patio. Este muro colisionó con la fachada del edificio donde viven mis padres, justamente, en la fachada de la vecina colindante. Tras el impacto brutal, la fuerza del agua, acumulada en la presa “artificial” en que se convirtió el patio del colegio, arrancó ventanas, con marcos y todo, rompió parte de la pared y entró por la vivienda arrasándolo todo. En ese instante, la única persona que se encontraba en el domicilio gritó desesperadamente y al abrir mi madre la puerta para ver qué pasaba, sin imaginar lo que se le venía encima, el agua comenzó a salir de esa vivienda y a colarse en la de mis padres.
La rápida colaboración de todos los vecinos del edificio, contribuyó a que la vivienda de mis padres no se inundara de manera “catastrófica”, pero la de los vecinos es otro cantar. Han perdido mucho.

Ajena al momento que estaban viviendo mis padres y alucinando por lo que estaba viendo, recibí la llamada desesperada de mi hermana: “Mira a ver si puedes llamar a algún vecino y que avise a mamá, que coja el teléfono, que no hay manera. Estamos “atrapados” en Tomé Cano, no podemos mover el coche y la policía nos ha desviado”. Le dije “No te preocupes, bajo yo directamente”.
Según iba por la calle, encontraba gente “mirando” en los alrededores del colegio, pero no podía imaginarme el caos que me esperaba segundos después.
Vecinos pertrechados con cepillos, fregonas, escobas sacaban agua de la casa de mis padres. Mi madre intentaba calmar los llantos de mi pobre sobrinito que se asustó de tanto “movimiento extraño” y clamaba por su madre. Durante unos minutos traté de calmarle porque al verme su carita cambió, pero fue inútil, él quería a sus padres y ellos estaban lejos, atrapados dentro de su coche.
Terminé por darle el niño a mi padre porque se necesitaba más gente en la puerta para evitar que todo lo que salía de la casa de los vecinos entrara en la de mis padres. Le grité a mi madre “Cierra la puerta y pon toallas, trapos, lo que sea debajo”. Hasta que aquella vivienda no dejó de manar a chorro me mantuve dando escobazos, sin parar, para evitar que nuevamente se llenara la vivienda de mis padres. Luego, no podía seguir escuchando a mi sobrino llorar desconsoladamente. Me fui hasta él y lo cogí en brazos y juntos, entre lágrimas y mocos, esperamos “desesperados” hasta que llegaran sus padres, que habían abandonado su coche y se habían dispuesto volver a casa caminando, por calles enlodadas, alcantarillas abiertas, piedras y, sobre todo, en pendiente y a oscuras.
Mi hermana relata en su blog la “angustia de madre” que sintió al verse atrapada y sin posibilidad de llegar hasta su hijo y la comprendo, porque yo a esas alturas no sabía donde estaba el mío que, encima, se había dejado el móvil en casa y no podía ponerme en contacto con él. Cuando al fín llegaron mi hermana y su marido, dejé al niño en sus brazos y seguimos achicando agua y barro durante un par de horas más.
La noche se volcó de lleno sobre la ciudad, casi toda sin suministro eléctrico, lo que impedía ver “lo que había pasado”, ni en nuestro alrededor, ni en el resto.
La casa de mis padres volvió a la normalidad, casi, aquella misma noche. Han estado sin luz hasta la madruga de hoy, día 4, porque la caída del muro provocó una avería en el cableado hacia el edificio.
No pueden decir lo mismo nuestros vecinos que, aún, esperan la llegada de algún técnico o perito que evalúe sus daños.


Éstas son algunas fotos "del día después” de la vivienda afectada, ya sin agua y limpia de barro, del colegio en pleno proceso de limpieza y del muro en cuestión con operarios trabajando para retirarlo. Todas estas fotos también han sido tomadas “prestadas” del periódico La Opinión de Tenerife y realizadas por Delia Padrón.


La ciudad vuelve a funcionar, poco a poco, nosotros, sus vecinos, volvemos a nuestras rutinas pero hay momentos que son difíciles de olvidar aunque deberían servirnos para "enseñarnos" de cara al futuro.

Aquí pueden verse muchas fotografías que muestran cómo afectó este temporal a esta isla y sus vecinos. (La Opinión de Tenerife, Fotogalerías)

Aquí hay algunos vídeos. (La Opinión de Tenerife, Vídeos)

Aquí noticia publicada sobre la casa de nuestros vecinos. (La Opinión de Tenerife)

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28 de enero de 2010

T-Koso es otra historia....


Últimamente, no he podido dedicarme a este blog, tanto como me gustaría.

¿Motivos?, unos cuantos, pero el más importante se llama T-Koso y no es un novio japonés.

T-Koso nació de la casualidad y fruto de la causalidad. Desde siempre, el mundo de las manualidades y artesanía me ha interesado mucho, llevándome a practicar y probar distintas técnicas, con distintos materiales y gran variedad de resultados (algunos muy penosos y otros, no tanto). El año pasado, mis inquietudes se posaron sobre la aguja y el hilo tratando de compaginar el reciclado con el arte de coser. De allí salieron varias piezas como guardatijeras, alfileteros, etc. donde se mezclaban retales de tela con tapones de refrescos, cintas y botones de segundo uso, etc.


De una cosa salió la otra y pronto estuve confeccionando broches con materiales reciclados; una segunda y “decorativa” oportunidad para aquellas prendas y complementos que se van quedando olvidados en el fondo de nuestros armarios. Algo así como poner en práctica y con "fuego real" algunos de aquellos tantos "sobres" para los que mi madre nos instruyó, en primera instancia, y donde hemos seguido guardando conocimientos.

Un día, “alguien” se fijó en uno de mis broches “¡Qué bonitoooooo!” – dijo con total entusiasmo y respondí “¿Te gusta?, los hago yo”. “Ah, ¿si?...pues yo quiero dos, uno igual que éste, en rojo y negro y otro, en blanco y rojo”.


A este “primer pedido” le puse mucho cariño y me lo devolvió poniendo los broches a “vista” de mucha gente, lo que consiguió que el “yo quiero uno como éste”, transformaran el mes de Diciembre en un sin parar.

Mientras tanto, en mi cabeza se gestaba la idea de “crear” algo que no existiera, un modelo propio, “algo” que fuera mi “propia marca” y que a la vez pudiera ser especial: así nació Pirbulina.
Pirbulina es un hadita novata, que cambia constantemente de colores y complementos y que, se adapta a los gustos y preferencias de aquél que será su “protector”, una vez salga de mis manos. Pirbulina es única, exclusiva, porque cada una de ellas tiene “algo” distinto; donde iba una flor, va un botón, donde era de un color, ahora es de otro, etc.

He creado un blog nuevo para ir subiendo las fotos de mis trabajos, pero ni tiempo tengo para dedicarme a diseñarlo como me gustaría. Mi vida, después de mi trabajo, se ha llenado de retales, hilos, fieltros, agujas, cintas, cordones, etc. y donde antes había un rato para escribir, ahora solo hay patrones, recortes, telas y envoltorios.

Esta aventura acaba de empezar…¿hasta donde llegaré? Sólo el destino sabrá la respuesta. Mientras tanto, intentaré, en la medida de lo posible, seguir a mis seguidores, contestar si me han preguntado y escribir algo en cuanto pueda y el resto del tiempo "libre" dedicarme a “crear”.

Si os pica la curiosidad, el enlace de mi nuevo blog es http://t-koso.blogspot.com/ y mi Pirbulina es ésta:


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14 de enero de 2010

¡Congela la crisis!



En estos momentos, donde el peor agorero nos condena a crisis a la perpetuidad
y el mejor nos augura un año movidito, no faltan gurús, columnas periodísticas, foros, debates, blogs, espacios radiofónicos o televisivos donde intentan instruirnos sobre cómo se maneja una crisis y hasta dónde debemos cambiar para conseguir superarla. Incluso analizan aquellos índices que han ido mostrando durante meses la que se nos avecinaba y que aún arrojan datos sobre el comportamiento económico.


Hay teorías para todos los gustos, pero, tal vez, unas de las más conocidas es que en época de crisis se consumen más barras de labios color rojo. No dudo que las ventas de este producto puedan incrementarse, pero no he visto nunca a mi madre con “las bembas colorás”, como decía Celia Cruz y, en cambio, le escucho decir a menudo “Yo siempre he vivido en crisis” y no le falta razón porque algunas (y gordas) ha tenido que sobrellevar.

Algunos autores apuntan otros índices a tener en cuenta: cifras de venta de vehículos, éxito o fracaso de rebajas, consumo de galletas tipo “María”, largo de las faldas, venta de juegos de mesa, longitud de la melena, e incluso, hacer o no comentarios en foros económicos. Ahí es nada.

Pero la capacidad de observación, afortunadamente, es universal y tanto la puedes tener tú, como yo, o como mi hermana que como buena “observadora” de lo divino y humano ha encontrado un nuevo índice que muestra, con precisión, como la economía se “enfría”.

Hace ya para dos años, nos comentó que “algo” se estaba cuajando porque, de repente, habían empezado a aparecer, en los congeladores de los supermercados, aquellas, ya casi olvidadas, piezas de carne de vacuno, conocidas como “palomitas”. Recordaba, perfectamente, cuando había sido la última vez que el consumo de carne congelada había sido de uso generalizado entre la población “de a pie”.

En los años 70 era muy conocida la que venía de Argentina y de la que las familias canarias eran consumidoras habituales, seguramente debido a las facilidades de importación que suponía disponer de puerto franco. Esta particularidad de los puertos del archipiélago ofrecía algunas ventajas como poder adquirir productos de procedencia, por ejemplo, británica, en el sector de la alimentación, o japonesa, en aparatos electrónicos que resultaban más asequibles que en el resto del país o donde eran desconocidos.

Después del “toque de atención” de mi hermana, he seguido con interés, a lo largo de estos meses, como el espacio que se dedicaba a los congeladores en distintos establecimientos se ha ido incrementando, así como la oferta y demanda de productos congelados, especialmente, carnes, de procedencia variopinta y precio bastante más reducido que la carne fresca, como las “palomitas” (paleta de ternera), pechugas, alitas y cuartos de pollo, filetes de ternera, etc.


Afortunadamente, para los que como yo no somos muy amigos de lo cárnico, la oferta de verduras ultracongeladas también ha ido en aumento, de forma que podemos beneficiarnos de una gran variedad de productos de la “huerta polar” a un precio asequible. Y algo similar ha ocurrido con el pescado.


Que nuestra cesta de la compra contenga productos congelados (carnes, verduras, pescados) o enlatados, en lugar de frescos, no es mala fórmula para tener una dieta variada y económica en estos tiempos de crisis, pero no hay que comprar sin “observar” bien el etiquetado, porque aprovechando este chaparrón, hay quien ni cambia de color si nos intenta vender “gato por liebre”, bajo la excusa de abaratar costes.


Desde hace algunos meses vengo notando que los pimientos en lata, de una marca “genérica” (digámoslo así), proceden de China. ¿De China con la cantidad de pimientos españoles que hay?. Pues sí, de la misma China oriental, de manera que he dejado de comprarlos directamente, tengan o no tengan mejor precio que otros, porque NO me fío, ni de los pesticidas que pueden estar usando en su producción, ni de otros tantos agentes contaminantes y/o nocivos que pueden estar involucrados desde el origen hasta su manufacturación, quien sabe si al margen de una normativa (como la europea) que vele por nuestra seguridad alimentaria. Y que nadie se rasgue las vestiduras porque ejemplos hay a montones.


Pero ahí no queda la cosa.


Como lo de comer productos congelados parece cosa de “pobretones”, el concepto “fresco” ha vuelto a tener el caché que tenía antaño y parece que vivimos, casi, en viernes de vigilia pero la semana entera, añorando que nos de “el fresco”.


Así no es extraño encontrarse a alguien que le echa un ojo al pulpo que parece que le está diciendo “llévame contigo” desde la vitrina de la zona de pescadería, tan pulcramente envasado, con ese brillo tan particular y esos tentáculos que parecen reclamar un abrazo, hasta que logra hacer sucumbir al comprador que, ya para sí, anda diciendo “un día es un día” mientras mete en el carro de la compra lo que cree es “pulpo fresquísimo de ayer”.

¡Ay, ay, ay! Si hubiera mirado la etiqueta se habría percatado que hay una X donde dice “Descongelado” y que la fecha de ayer es del envasado, pero no se fijó tanto. ¿Y qué pasará si al llegar a casa cambia de parecer y de menú y cree que lo conveniente sería congelar el pulpito “para el fin de semana, que tendré más tiempo” ?. ¡Al garete la cadena de frío!. Y lo peor de todo es que este pulpo era igual que los que estaban en los congeladores del super, al mismo precio inclusive, pero creer que “es oro todo lo que brilla” le ha jugado una mala pasada a nuestro vecino.



¡Ojo al etiquetado! que tener el cinturón apretado no debe ser sinónimo de ingenuidad y aunque la crisis congele nuestra economía y el contenido de nuestra cesta de la compra, hay que agudizar los sentidos y aprender a distinguir entre “el producto fresco en venta” y “el fresco que vende el producto”.

Mientras tanto y hasta que no vea volar, de nuevo, a “las palomitas” y los congeladores que las contienen, la crisis no habrá pasado, a juzgar por el valor de este nuevo índice económico.

Eso sí, las empresas dedicadas a los congelados estarán notando como sus ventas aumentan, sobre todo, las que ofrecen productos sin elaborar. ¿Cotizarán en bolsa? Si así fuera ¿habrán subido sus acciones?

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11 de enero de 2010

De la chatarra al tomate


En el blog de Fernando López “Soul Business” me enteré de la iniciativa que proponía otro bloguero, Javier Rodríguez Alburquerque en su blog Red10 para publicar en distintos blogs, durante los días 7, 8 y 9 de Enero, noticias “positivas” que ocurrieran en nuestro entorno, pueblos y ciudades.

Me hubiera gustado participar, pero no pudo ser, aún así, hoy he leído con admiración una noticia que publicaba el periódico
El Día llamada “La Fuerza de la agricultura” y no he podido resistirme a compartirla.

Aunque el artículo lo podéis encontrar pinchando sobre el título de la noticia, me permito hacer un breve resumen.

Chicho, como se le conoce en el barrio, se jubiló hace un tiempo y tuvo la genial idea de transformar un solar, lleno de chatarra y porquería, en un huerto urbano. Para ello, solicitó el permiso de sus propietarios y, poco a poco, fue retirando los residuos para ir plantando verduras y frutales.











Hoy, como puede verse en las fotos, es un huerto “más que apañado”, enmedio de un barrio humilde, igual o casi idéntico a cientos de barrios de nuestro país, donde se demuestra que con “ganas y voluntad” hay utopías que son realizables.

También el pasado 8 de Enero, en el programa
Callejeros de Cuatro, se pudo ver una iniciativa en Zaragoza, donde el consistorio está recuperando solares abandonados en el casco histórico de la ciudad para convertirlos, de manera provisional y hasta su construcción, en espacios “verdes” y lúdicos donde se entremezclan los huertos urbanos (algunos dedicados a escolares de la zona) y zonas donde pasear, sentarse y pasar un rato rodeados de plantas.





(A partir del minuto 3:28 hasta 4:49)



Buscando algo más de información, tropecé con este blog "Estonoesunsolar" dedicado en totalidad a la actuación del ayuntamiento de Zaragoza en su programa de intervención en solares del centro histórico de la ciudad, donde se puede ver como se han ido realizando las obras de este proyecto.


Y además, encontré que el diario La Provincia había publicado, el pasado mes de noviembre, el siguiente titular “Parcelas para parados”. Los ayuntamientos de Santa Lucía de Tirajana e Ingenio, ambos municipios de la isla de Gran Canaria, ultimaban el acondicionamiento de terrenos valdíos para convertirlos en pequeños huertos de agricultura ecológica para ofrecerlos a parados y familias de escasos recursos, con el fin de dedicarlos al autoconsumo y venta de los excedentes en mercadillos agrícolas comarcales.

Sin duda alguna son tres buenas iniciativas que refuerzan el sentido de “enseñar a pescar”. Por un lado, nos libramos de esos antihigiénicos y antiestéticos solares sin construir y abandonados a la chatarra y desperdicios y por el otro, se rescata el valor de la tierra, el olor que desprende un tomatero y, sobre todo, “desaprender” para aprender nuevamente lo que habíamos olvidado y, hasta, devaluado.

Mi enhorabuena para "Chicho" por su iniciativa personal que se ha convertido en comunitaria y también para estos ayuntamientos que han sabido buscar "alternativas" para sus ciudadanos. Ojalá estos proyectos calaran hondo y se dispersaran por todo el territorio nacional para que nuestras calles volvieran a llenarse de los olores de la madre Naturaleza.
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6 de enero de 2010

Y tras los Reyes.....basura



Al regresar esta tarde a casa, tras el reparto de regalos y la comida familiar en este día de Reyes, no he podido evitar ir fijándome en los contenedores de basura.

Tal vez esta noche sea una de esas “noches malditas” para el servicio de recogida de basuras de todos los municipios de este país. Cajas y más cajas de cartón, toneladas de papel de regalo, enseres que han sido sustituidos por otros nuevos o, al menos, eso era lo que ocurría en el pasado: contenedores sobrepasados en contenido que acababa por acumularse en su alrededor como auténticas montañas de “material envolvente”.

Puede ser que aún fuera temprano, o puede ser que este barrio ya no es lo que era y quien antes fue niño y recibía con ilusión a sus majestades orientales ya ha volado hacia otros confines y sus “deseos cumplidos” ya no generan basura local. Pero también puede ser que la crisis haya afectado a dichos deseos, pero alivie a los empleados municipales de tanto desecho “encartonado”.

Lo que está claro es que, sus majestades, este año han sido más “orientales” que nunca, a la vista de cómo estaban, estos últimos días, todos los establecimientos que bajo la firma “Made in China” se han asentado en nuestras ciudades.

Aún así, el incremento de basura colapsará los contenedores de aquí a la noche, porque nadie se ha podido resistir a la magia del regalo, del papel colorido y la cinta adhesiva.

Y pensando en estas cosas, he recordado una noticia que daban los reporteros de TVE el pasado día 3 de Enero, llamada “Los ladrones de basura”.

En este caso, el reportaje está rodado en Madrid, pero podría estar ocurriendo en cualquiera de nuestras ciudades. Una “empresa fantasma” se encarga de pasear un camión de cierto tonelaje por la ciudad, a la busca y captura de papel. Ya no es el típico cartonero que todos hemos conocido, en esta ocasión buscan papel de oficina del que a diario tiramos toneladas. Según cuenta el responsable de una planta de reciclaje, que no sólo ofrece su servicio de recogida sino que compra papel al peso, “es muy difícil saber de donde viene ese papel”. Por otro lado, un abogado comenta que estos piratas de la basura “es gente que está haciendo dinero con ello y que lo está tomando de un propietario que es el ayuntamiento en este caso, por lo cual se puede clasificar como hurto”. Fruto de esta actividad, cada noche, podrían obtener unos 540 euros. Según el ayuntamiento se han puesto 21 multas en los últimos meses por este motivo.

Ver este reportaje me hizo cavilar respecto al tema de los residuos que, ya de por sí, es algo que siempre me ha preocupado.

Nunca me he planteado si mi ayuntamiento saca algún beneficio de la basura que, tal y como dice el reportaje, una vez colocada en el contenedor pertenece al consistorio. Y si no fuera así ¿por qué razones no se puede?. Desconozco, sinceramente, qué ocurre con nuestros desechos una vez se los lleva el servicio de recogida. Me gusta pensar que, ya que me preocupo de separar mis basuras, al menos vayan al sitio más adecuado para su tratamiento, aunque me temo que no sea así al 100%. Me sé la teoría, pero la práctica es otro cantar.

Si un conductor y dos operarios pueden conseguir hacer 540 euros en una noche, ¿cuánto no podría hacer un servicio especializado y generalizado en estos menesteres como lo tiene cada ayuntamiento? ¿Existen ingresos por este motivo? ¿Permiten las leyes que los municipios puedan obtener beneficios por la venta de su basura para el reciclado?. No lo sé, pero estaría bien ¿no?. Y no sólo por los ingresos que podría generar, sino por la “recuperación” de materia prima que ello supone, dándole una vuelta de tuerca a la acumulación de residuos, asunto tan preocupante en estos tiempos.

Por el servicio de recogida de basuras, cada vivienda paga una cuota variable según el municipio donde se encuentre. En todo caso, si en lugar de una vivienda es una empresa, tenga el tamaño que tenga y da igual si sólo genera una bolsa llena de papeles a la semana, el consistorio incrementa dicha cuota por tratarse de una actividad empresarial. Imagino, porque tampoco lo sé, que el conjunto de dichas cuotas será suficiente como para financiar dicho servicio. Dado que en la mayoría de los casos y, sobre todo, en localidades a partir de cierto número de habitantes, este servicio no lo presta el propio ayuntamiento, sino que es realizado por empresas contratadas a través de concurso (se supone), el “montante final” dependerá de la oferta que haya presentado el mejor postor. Por tanto, la partida presupuestaria que se haya dispuesto para este servicio, es incluso probable que, resulte “positiva” para las arcas municipales, al realizarse dicho servicio por menos dinero del que, en principio, se habría calculado.

No sé ustedes que pensarán, pero yo estoy “viendo el negocio”: cobro de cuotas por vivienda o empresa, contratación “a la baja” de dicho servicio, venta de residuos a empresas privadas para su reciclaje = DINERITO a favor, negocio redondo.

Seguramente no debe ser tan fácil como lo he planteado, pero no me importaría que un buen día nuestros ayuntamientos se conviertan en los “armadores” de este buque del reciclado y reciclaje y que nuestras basuras, al menos, permitieran financiar un modelo más eficiente para su tratamiento, aliviando a nuestro planeta de tanto “peso muerto”.

De momento, a título particular, no está de más ir reduciendo ese impacto malévolo desde nuestro mundo individual; siempre podemos “reutilizar” muchas de las cosas que tiramos sin pestañear siquiera: papel, envases plásticos, cartón, bolsas. Yo lo intento y me lo pasó genial “inventando” nuevos usos, sólo es cuestión de querer hacerlo.

Y tú, ¿has probado a intentarlo?
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30 de diciembre de 2009

Feliz Año Nuevo 2010

Ya se acerca el nuevo año, repleto de buenos propósitos, sueños, esperanzas, intenciones e ilusiones y, también, incertidumbres.

Desde aquí les deseo todo lo mejor para este año y que me permita a mi, al menos, llegar como hoy a felicitarles otro más.

Como todos, tengo buenos propósitos, algún sueño, algunas esperanzas, varias intenciones, algunas ilusiones y ciertas incertidumbres depositadas en el nuevo año y espero poder compartirlas con todos ustedes a lo largo de los próximos doce meses.

Este es mi primer deseo; ojalá se cumpla.

Feliz Año Nuevo 2010

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22 de diciembre de 2009

Feliz Navidad


Que los días que llegan nos permitan disfrutar con los nuestros y de "lo nuestro".

Que los buenos momentos se prolonguen y nos hagan desear que se repitan.

Que la ilusión nos renueve el alma y volvamos a ser niños por un instante ( o más).

Y que la brisa de la felicidad nos roce los sentidos.

Para todos, para mi familia, para mis amigos de siempre, para los nuevos amigos blogueros, para mis compañeros de trabajo (¡¡¡Carmen, sí..para ti también !!!), para todos los que me visitan...


FELIZ NAVIDAD




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24 de noviembre de 2009

"El Pena"


Al leer “Adversidad ¿para qué?” en el blog de mi amigo Germán Gijón, he recordado una de esas fatalidades que ocurren en la vida de algunas personas y que marcan el destino de éstas, definitivamente, para bien o para mal.

“Sebastián ya rondaba los 60, o casi, cuando le conocí; era padre de una gran familia, humilde, de pueblo, honrada y trabajadora. Su ocupación: el campo, día y noche, invierno y verano, ganancias o pérdidas, siempre enredado entre semillas, surcos y cosechas.

Como la gran mayoría de sus paisanos, Sebastián tenía apodo, le conocían como “El Pena”. Siempre llamó mi atención porque su uso nunca me había parecido tan injustificado como en ese caso. Era un hombre alegre, "buena gente" y que silbaba y tarareaba desde el amanecer, todos los días de su vida. Te lo podías encontrar calle arriba, silbando alguna copla o cantando entre dientes y al llegar “a tu vera”, pararse y, con una amplia sonrisa, decirte “A las buenas, niña”. Nunca entendí, ni nadie supo explicarme, el por qué de su apodo y lo achaqué a la fina ironía andaluza que donde no quiere decir, dice y donde ignora, señala. Simplemente, me hacía gracia “ ¡qué simpáticos! ” –pensaba, mientras imaginaba al “listillo de turno” que se había entretenido en apodarlo y señalarlo justamente con la característica más ausente en su forma de ser.

Personalmente, mi relación con “El Pena” y su familia giró entorno a la amistad que nos unía a uno de sus hijos, el mayor, otro Sebastián. Esto me permitió visitar su casa, conocer a todos sus miembros, relacionarnos y abrir un vínculo de respeto y amistad.

Lo recuerdo y le veo de camino a sus labores. “ ¡Buenas tardes, Sebastián! ” –le decía, levantando la mano para regalarle un saludo. “Vaya con dios” –respondía sonriendo mientras continuaba su ruta.

A Sebastián “El Pena” un día le visitó “la adversidad”. No sé si fue por teléfono, si poco a poco, si de golpe, no lo supe, pero alguien le dio la noticia: “ha tenido un accidente”. En ese momento, su vida dio un giro de 180º y donde florecieron los sonidos de su silbido, la amplitud de su sonrisa y el eco sonoro de sus coplas, se instaló el silencio para siempre. Un hijo, uno de sus queridos hijos, había tenido un accidente laboral. Se había precipitado, mientras trabajaba, desde varias alturas de un edificio en construcción y la vida se le rompió en mil pedazos. Atrás, y para siempre, quedaban los planes de boda, los proyectos con su novia, los muebles que no llegarían nunca al recién e ilusionado piso en común. Atrás, y sepultados para siempre, su juventud, su color moreno, sus preciosos ojos verdes y aquella bonita sonrisa, heredada de su padre “El Pena”.

Demasiado duro para Sebastián que no supo, no encontró o, simplemente, no quiso encontrar un motivo para seguir. Las últimas notas que lo emocionaron y escucharon sus oídos, tan acostumbrados a sus silbos y tarareos, fue el repique de campanas que anunciaba el último adiós a su hijo y desde entonces, en su mundo, solo reinaron el silencio y una tristeza infinita.

Todos sus conocidos, un pueblo entero, comentaban con preocupación el estado de Sebastián. “No quiere salir, no va ni al campo”- decían unos. “No sale para nada, ni un rayito de sol”- comentaban otros. “Demasiada tristeza para este hombre, acabará con él” pensábamos todos.

Un año y poco más tarde, las campanas volvieron a sonar por y para Sebastián. Esta vez en su entierro; se había ido sin ruido, en silencio, devorado por la tristeza y consumido por “la pena”.

Como hombre querido y respetado dentro de una comunidad tan pequeña, su muerte fue muy comentada entre el vecindario y esta frase se elevó por encima de muchas otras: “Quién le puso “El Pena”, no imaginó por qué lo hacía”.

Y así, “por amor y de pena”, Sebastián se marchó, dejando atrás a una familia que tendría que aprender a vivir con las ausencias del hijo y del padre".

Hay adversidades difíciles de superar y no siempre se consigue reaccionar a tiempo, porque las lágrimas no dejan ver la luz al final del túnel o se perdió la última brizna de motivación para seguir adelante.

Recordando a Sebastián "El Pena" en su adversidad, reflexiono sobre esos otros "grandes problemas" que, a veces, decimos tener; esas menudencias que terminan por quitarnos el sueño; esos momentos pasajeros que nos empeñamos en pintar como eternos o esas circunstancias muy "circunstanciales" que no son definitivas y pienso que, en todos los casos, seríamos capaces de seguir silbando.

Hagámoslo entonces, silbemos, porque para el silencio siempre habrá tiempo y no hay ninguna prisa por llegar antes.
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19 de noviembre de 2009

Noviembre: mes de la Informática, te guste o no


A pesar del título de la entrada, esto no es un anuncio publicitario de una gran superficie; así ha sido este mes, dedicado a la informática “sin remedio”. Si lo recuerdan, empecé noviembre con un modem roto y la película que tuve que liar hasta conseguir su sustitución. Cuando logré solucionar el problema, pensaba que mi cuota de “aprender cosas”, relacionadas con esta materia, se había satisfecho por el momento. Pero, uno propone y Windows dispone.
El domingo en la noche estaba buscando un tutorial de fotos para hacer flores (cosas mías, manualidades, etc.) y, de pronto, la página no llegó a cargarse. No le puse mucho interés, porque estaba intentando copiar una técnica japonesa, pero, pasados unos minutos, me extrañó que la página no respondiera. “Vaya, estaba bloqueado”- pensé. Como por rutina toqué al mismo tiempo ctrl – alt – sup y no pasó nada. Efectivamente estaba “tostado”. No tenía más opción que reiniciarlo y así lo hice. Entró bien y dada la hora que era, decidí apagar e irme a la cama.
En la mañana, antes de salir hacia el trabajo, tengo por costumbre revisar el correo, así que mientras termino de prepararme, conecto el pc para que todo se vaya cargando. En cambio, esa mañana cuando pasé por la puerta de la habitación algo llamó mi atención -“Parece un mensaje”- dije desde lejos; me acerqué, leí y :

“No se ha iniciado windows porque el siguiente archivo falta o esta dañado: Windows\System32\Config\System”

“¿Cómooooooo?, ¡imposible!, al ordenador no le puede faltar eso, si antes lo tenía, porque yo no se lo he quitado. Y si está dañado ¿cómo se reparará?”- pensé.

JA…JA…..JA…..REQUETE-JA. Pero ¡qué bonita es la ignorancia!, sobre todo, al empezar el día.

Lo primero, tras apagar el pc y salir hacia el trabajo, fue buscar información. Para ello llevaba escrito el código del mensaje en un trocito de papel, para no olvidarme.
“Vaya, vaya, la cosa no parece tan fácil”- pensaba mientras iba leyendo páginas especializadas o foros donde otros usuarios contaban que se habían encontrado con el mismo problema.
Se perfilaban dos opciones como las mejores: intentar recuperar a través del cd original de Windows y su consola de recuperación o bien, reinstalar el sistema operativo, a ser posible tras formatear el disco duro, con la pérdida de información que esto supone.
Me tomé mi tiempo para preguntarle a otras personas, más habituadas y preparadas sobre este tema, para saber su opinión y preferencia sobre las dos opciones que se daban. En todos los casos, más por sentido conservador que por convencimiento, me recomendaron intentarlo primero con el cd. Yo también pensaba que era lo mejor, para empezar.
Aquella misma tarde, con la inestimable ayuda de Luis desde el otro lado del hilo telefónico, comencé a intentar reparar el archivo dañado. No hubo forma, ni por activa, ni por pasiva; ninguno de los trucos o comandos que se mostraban en las ayudas parecían funcionar. Parece ser que cuando me vendieron este pc, el Windows que traía instalado no era el mismo que me vendieron, de hecho, el mío estaba impecablemente empaquetado, sin abrir, sin usar. Después de hacer varios intentos, dejé que la idea de “reinstalar” fuera entrando en mi cabeza. “Oh, oh…si yo nunca he reinstalado un Xp y mucho menos he formateado un disco ¡ay que follón!”-pensaba, pero al mismo tiempo me daba ánimos diciendo “Si otros lo hacen ¿por qué no vas a poder hacerlo? Tan difícil no será! ”. Ya no había tiempo, era tarde, mejor dejarlo para mañana, ahora ¡a dormir!.
Durante el día siguiente iba repasando los pasos que tenía que dar y el orden previsto. Lo primero, instalar Windows para poder acceder a la información del equipo. De esta manera, también podría acceder al disco duro externo, “limpiar” los archivos que no quisiera y tener más espacio. Después, tras recuperar la información del pc y copiarla en el disco duro externo, tendría que formatear el disco y, posteriormente, instalar Windows.
Y así lo hice aquella tarde, otra vez, con la ayuda telefónica de Luis (menuda paciencia la suya). La recuperación y limpieza de los archivos del disco duro externo se me hizo eterno, porque había sido un disco duro de un antiguo pc, al que reconvertí en externo (por aquello de ir reciclando). A las 12 y media de la noche, cuando ya tenía a salvo todo lo que quería guardar, Luis me preguntó “¿Te vas a acostar ya?” y le contesté “Aún no” . “Si quieres formatear ahora, te indico cómo”- dijo. “¿Ahora?”-pensé- “Si, sí, vale, ahora”.

¿Ahora, ahora, ahora? Tardó casi un minuto por tanto por ciento, de manera que me regalé 100 minutos de auténtica espera. Los aproveché para hacer dos broches que me habían encargado: uno de Winnie The Pooth y otro de Jack, de “Pesadillas antes de Navidad” (Esto es otra historia, algún día la contaré) .

02:17 a.m. : Terminó el formateo. Ahora hay que reinstalar Windows.

03:00 a.m. : Arrancó, encendió bien, entró y todo está donde debe estar, lo poco que hay ahora, claro. Me voy a la cama, estoy muerta.


Al día siguiente, por la tarde, al llegar de trabajar, me puse a instalar los drivers de la placa, del scanner, de la webcam, el antivirus, etc. Todo parecía ir bien, hasta que dejó de parecerlo. Cuando reiniciaba, no me pasaba de la pantalla donde muestra el logo de la placa madre. Todo lo que veía era ASUS y nada que hiciera me permitía pasar de esa pantalla. Tuve un ataque súbito de desánimo "¿Qué será esta vez?".
Luis, de nuevo, al teléfono. "Mete el cd del sistema operativo en el cd-rom y reinicia, intenta entrar desde el cd". Entró. "Ahora desinstala lo último que hayas metido, reinicia cada vez y luego vuelve a instalar todo". Pero nada, seguía dando problemas. Al final, Luis creyó que si iba "enchufando" de uno a uno todos los periféricos, averiguaríamos cuál de ellos estaba dando el problema. Conectando en puertos USB distintos, de uno en uno y reiniciando cada vez, el problema dejó de aparecer.
Ya en la noche, instalé el nuevo Internet Explorer y el messenger y para mi descanso, todo funcionó correctamente.

Aún quedan 11 días para acabar este mes; espero no tener que aprender nada más de "informática", al menos, hasta el mes que viene.

Puede que Noviembre haya sido el mes de la Informática, con "remedio o sin remedio", pero ya estoy saturada y necesito un scandisk y luego un standby, porque he reiniciado demasiadas veces mi "equipo".

Vuelvo a estar "operativa", pero me lo tomaré con tranquilidad, no vaya a ser que la que empiece a dar "errores" sea yo.
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