8 de julio de 2009

Que viene el asesor

Desde hace unas semanas, visito los blogs de dos de mis seguidores: Josep Julián con “La inteligencia de las emociones” y Pablo Rodríguez con “Economía sencilla” .
Son blogs dedicados a comentar sobre temas de empresa, pero sobre todo buscando las claves y fórmulas para que el trabajo en equipo adquiera las motivaciones suficientes y saludables que, a su vez, ayuden a proporcionar crecimiento laboral en todas sus expresiones.
Reconozco, abiertamente, que no tengo ningún tipo de formación al respecto, pero lo suplo con un poquito de sentido común y observando a mi alrededor. Aún así, me maravilla pensar que existen empresas que cuenten con los servicios estas personas, en calidad de asesores, para intentar que las relaciones verticales mejoren con el fin común de “hacer empresa”.
Si le preguntáramos a cualquiera si cree necesario cuidar de su hogar, de los miembros de su familia, del inmueble donde habitan, de las necesidades que surjan y de los proyectos que pretenden emprender, estoy segura que todo el mundo diría
“Claro, es nuestra casa, nuestra familia, es nuestro HOGAR”.
En cambio, si cambiara la pregunta e hiciera la propia con “tu empresa”, “el lugar donde trabajas”, “tus compañeros”, “de los proyectos que se realizan” no creo que todos dijeran:
“Claro, es nuestro trabajo, es nuestra gente, es nuestra EMPRESA”.

No me refiero a la “propiedad” de la empresa, que todos sabemos que no es nuestra, pero si estaremos de acuerdo en que tener trabajo nos permite mantener nuestras propias “propiedades”.

Pasamos gran parte de nuestra vida dentro de una empresa, muchas horas al día, incluso, muchas más que las que podemos compartir “activamente” con nuestras familias y amigos, pero pocas veces intentamos que el lugar donde ganamos nuestro pan se convierta en un lugar donde el ir no signifique un gran sacrificio.

Puede que muchos estén pensando “ ¿y qué culpa tengo yo, si ni pincho, ni corto, ni la casa es mía? Yo solo trabajo” y no le faltará razón, porque una empresa no sólo funciona con sus operarios. Para que esto ocurra tiene que existir el “sentimiento” de EMPRESA, como para que funcione un hogar tiene que existir el “sentimiento” de FAMILIA.

Es una cuestión delicada, porque para que los argumentos que exponen, tanto Joseph Julián como Pablo Rodríguez en sus blogs, puedan darse, tiene que existir verdadera voluntad por parte de todos, desde arriba hasta abajo, desde el “gran jefe” hasta el último de miembro de la plantilla y, desgraciadamente, esto no ocurre tan frecuentemente como debería, ni se dan las circunstancias para que se produzca.

Mientras se sigan administrando las empresas sólo en base a números y cuentas, olvidándose de las personas que logran que los balances cuadren, no se logrará el “sentimiento” de EMPRESA y sin él, seguiremos pensando que “es una lata el trabajar”, siempre que nos dejen, porque tal y como está el panorama, “quien tiene un trabajo, tiene un tesoro”
Seguiré aprendiendo cosas nuevas en estos blogs y en los de sus seguidores, porque “el saber no ocupa lugar” y puede ser que algún día suene una campana que diga “que viene el asesor”.
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29 de junio de 2009

Sin buena mano de obra

Ayer, durante un momentito que mi sobrino le dio tregua a su película de Mickey preferida, pude ver un trocito del programa “Callejeros viajeros: Dubai” de la cadena Cuatro.

Reconozco, abiertamente, que no lo vi en su totalidad porque, como era de esperar, mi sobrino reclamó su momento de relax televisivo. Pero en los pocos minutos que si pudimos verlo, escuché algo que no ha dejado de rondar en mi cabeza.

Las “anfitrionas” españolas guiaron a los reporteros de Cuatro, en primer lugar, por sus “fastuosos penthouses” y luego sobre algunas obras a pie de playa artificial donde obreros indios se encargaban de transformar el desierto en una ciudad de “lujo y exceso” arquitectónico.

En un momento concreto la reportera le pregunta al grupo de trabajadores indios cuántas horas trabajaban al día y cuántos días a la semana, a lo que ellos respondieron “9 horas al día, 6 días a la semana” pero cuando le preguntó:

“¿Cuánto cobras al mes?”- una de las españolas afincadas en Dubai dijo “¡No, no, no se puede!” mientras la otra española apuntaba “Lo que es importante es que tienen una sonrisa en la cara”.

“¿Por qué es tan tabú el tema del sueldo de esta gente?”
pregunta, acertadamente la reportera y no se pierdan la respuesta de la española:

“Todo el mundo sabe lo que hay en Dubai, no levantas una ciudad así en dos días...SIN BUENA MANO DE OBRA”

Más adelante podemos descubrir por qué estos obreros indios, que junto a los pakistaníes que hay en Dubai conforman el 80% de la población, SONRÍEN. Viven hacinados, más de 25 personas, en cuchitriles, sin posibilidad de higiene, sin que les dejen usar el aire acondicionado durante todo el día, sin más aliento que trabajar para cobrar unos 200 euros al mes. Es que si no sonríen ¿qué les queda?.

Está claro que Dubai es el ejemplo más extremo donde los haya; lujo, pobreza, expansión, hacinamiento, excesos y escasez.

Pero en mi cabeza no deja de resonar esta frase “no levantas una ciudad así en dos días, SIN BUENA MANO DE OBRA”; mano de obra barata, bajo coste, sin derechos.

Aquí les dejo el vídeo, que ya han colgado en Youtube, para que puedan verlo por si mismos. En el minuto 03’24’’ está la frase del día.







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25 de junio de 2009

Niños, vacaciones y trabajo


Ayer me comentaba mi hermana acerca de la cantidad de niños que, estos últimos días, se ven jugando, por la tarde, en la plaza de su comunidad de vecinos, al cuidado de sus abuelos o familiares.

El curso escolar ha terminado y lo que para ellos es el comienzo de un verano lleno de diversión y descanso, para sus padres, en cambio, es un periodo de incertidumbre, de ajustes, cambios de horarios, petición de favores, stress acumulado. Eso sí, lo que tanto padres como hijos piensan al unísono es que será un “verano interminable”.

A nadie se le escapa que la situación familiar en este momento es muy distinta a la que en tiempos pasados era la habitual en las familias españolas. Ahora hay de todo “como en botica”: matrimonios, padres y madres divorciados o separados, padres y madres solteros o viudos con lo cual las “temidas” vacaciones se convierten en un galimatías casi imposible de resolver.

¿Qué hacemos con los niños durante tres meses?, porque aunque el curso comience en septiembre, no lo hace a pleno rendimiento de horas lectivas, servicios de comedor y actividades complementarias hasta casi llegado el mes de octubre.

Y ahora
¿qué hacemos con los niños?

Las familias aplican distintas fórmulas para poder seguir cumpliendo con sus obligaciones laborales al tiempo que dejan a sus retoños a buen recaudo.

Algunos, los más afortunados, aún recurren a los abuelos y éstos, a pesar de su edad, de sus achaques y falta de energía, los acogen durante el periodo estival y, en el mejor de los casos, hasta que los padres pueden disfrutar de sus periodos de vacaciones.

Otros se exprimen en el seso y la cartera para encontrar algún centro o campamento de verano donde sus hijos puedan pasar parte del tiempo mientras sus padres siguen trabajando.

También los hay que se “reparten” los días de vacaciones, de manera que el padre pueda atenderlos durante un mes y la madre durante el otro, pero siempre quedan flecos de días y horas donde la improvisación es la madre de las soluciones. A esta opción es la que recurren los padres separados “contigo un mes, conmigo el otro y ya veremos como nos arreglamos el resto”.

Siempre les queda pensar “ya crecerán”, pero mientras tanto ocurre, lo que está de manifiesto es que la sociedad española ha ido por un lado y las realidades sociales por otro. Son muy pocas las familias que pueden “sobrevivir” con un solo sueldo, en el caso de las parejas o matrimonios, pero si hablamos de las familias monoparentales no queda otra que trabajar, sí o sí.

Algo tendrá que cambiar y los viejos esquemas de los periodos escolares, aceptados y acatados durante décadas, tendrán que sucumbir y renacer con los nuevas realidades.


No es lógico que durante cada periodo vacacional escolar (y son varios: Navidad, semana blanca o carnavales, Semana Santa, verano más el resto de días no lectivos) las familias se vean abocadas al más alocado disparate intentando, por un lado, cumplir con sus obligaciones paternas, proporcionando cuidado y atenciones a sus hijos y, por otro, con sus obligaciones laborales.


Ya no se puede hacer como hacían con nosotros, que nos daban la llave de casa mientras tus padres trabajaban, porque a poco que algo se tuerza intervienen los Servicios Sociales y por cumplir con tu jornada laboral sin tener otra opción para cuidar de tus hijos en tu ausencia, te puedes ver con una denuncia por abandono.

Señores, no se puede estar “a dios rogando y con el mazo dando”, si las jornadas laborales son, cuando menos, de 8 horas diarias, más desplazamientos, durante 11 meses al año y dadas las circunstancias para sobrevivir todos tenemos que trabajar, máxime cuando tienes hijos a tu cargo, hay algo que no cuadra. ¿No les parece?.

La realidad social ha cambiado y no podemos seguir obviándolo.
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19 de junio de 2009

Me crecieron los enanos


Al mismo tiempo que la primavera nos regala el color de sus primeras flores, durante el mes de abril, llegan los “becarios” a mi vida. Son chicos y chicas que están a punto de acabar sus estudios y vienen a hacer prácticas de empresa.

Durante los primeros días, entre compañeros, decimos cada año “Otra vez nos ha tocado”, porque el tener que convertirnos en enseñantes obligados, durante un par de meses, se nos hace pesado, o no tenemos ese don para explicar, o, simplemente, pensamos que nos retrasa nuestro propio trabajo, del que sí tenemos que dar cuenta.

A mi, personalmente, no me cuesta mucho, pero reconozco que las tareas que realizo no son las que ellos han imaginado que van a aprender durante sus días de prácticas, aunque, indudablemente, mi trabajo forma parte de las empresas para las que se han estado preparando durante algunos años, aunque nadie se lo advirtiera.

Estando así las cosas, no me extrañan nada las caritas que ponen cuando, desde el primer día, les enseñan el departamento y alguno de ellos queda a mi cargo durante unos días para que lo aleccione sobre los pormenores de mis funciones, hasta que le toque a otro pasar por la misma experiencia.

Lo primero que noto es un atisbo de decepción, como quien se está diciendo “pero si yo lo que quiero ser es....”, y por eso intento explicarles la importancia que tiene el saber cómo funciona este departamento de cara a su futuro trabajo en otros. No me gusta que sus ilusiones se rompan nada más empezar y que poco a poco vean que podrán practicar en otros departamentos. Intento que no se desanimen y que comprendan que las empresas no están formadas por profesionales “individuales” sino que es labor de un equipo de personas, más o menos numeroso, pero siempre ligado a un fin común: terminar un producto lo mejor posible.

Poco a poco y según pasan los días, aquél departamento tan ajeno a sus sueños, se convierte, poco menos que, en su lugar de referencia, donde acuden al entrar en la empresa, donde dejan sus pertenencias, donde regresan cuando no saben que hacer, donde me encuentran y compartimos de todo un poco; charla, conocimientos, problemas, la hora de comer, risas, dudas, etc. y de tener uno sólo, acabo con todo el grupo reunido.

Cada primavera llegan hasta mí “nuevos becarios” desconocidos y cuando el verano está a punto de empezar, al término de sus prácticas, los que se van, no son los mismos que llegaron; los que se van son “mis nuevos amigos”, aunque, en algunos casos, les llego a doblar la edad.

Entre ayer y hoy me he tenido que despedir de “mi grupo”: Alberto, Gabi, Judith. También lo he hecho con otro grupo con el que no tuve tanta relación: Chaxi, Héctor y Camilo. Pero siempre me quedo con una sensación extraña, como quien deja marchar a alguien especial, como si me hubieran "crecido los enanos", y al mismo tiempo me alegra saber que han acabado su formación y ante ellos se abre otro nuevo mundo de expectativas. No me gusta que sea un “adiós definitivo”, sino un “hasta luego” y, al mismo tiempo que reparto besos y abrazos, les doy mi email, para que sepan que no fue una obligación para mi, sino todo lo contrario, una experiencia que siempre me enriquece, que me contagia su ilusión, que me hace olvidar que un mal día de abril dije
“Otra vez nos ha tocado”.

Para Alberto, Gabi y Judith: mis mejores deseos para vuestro futuro y espero que algo de lo que compartí con ustedes les quede, aunque sea para provocar una sonrisa al observar, con interés, las “cosas” que muestra el reflejo de un espejo en una foto. Con todo mi cariño.
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16 de junio de 2009

16 de Junio

Segunda quincena de Junio, se acercan las vacaciones y los niños ya están soñando con los eternos días de asueto, sol y diversión sin fin. Esto no ha cambiado en los últimos “taytantos” , pero esa vez, con apenas seis años, yo tenía otra ilusión, algo distinto, un “no se qué”.

Amanecer del 16 de Junio:

“Papá nos ha despertado hoy. Es raro, porque siempre lo hace mamá. Nos explica que ella está en el hospital porque “el bebé” viene de camino.
En su afán por atendernos lo mejor posible, intenta preparar la leche en polvo para nuestro desayuno, pero algo sale mal y lo que debería ser leche reconstituida apenas es una mezcla grumosa. No hay solución, o esto o nada, se está haciendo tarde para llegar al colegio”.



Durante la mañana en el colegio:

“Me pregunto a cada rato si cuando regrese a casa sabré, por fin, si seré hermana de una niña o de un niño. Esas cosas no se saben hasta que nacen. Las horas se hacen eternas. No tengo reloj pero si tuviera no dejaría de mirarlo a cada rato. Estoy nerviosa. Mamá no está en casa y eso me preocupa.”


Salida del colegio:

“Mi hermana mayor se apresura a recogernos, a mis primos y a mi, a la salida del cole. Enfilamos camino a casa de mi abuela, pero antes debemos dejar a mis primos en el portal de su casa. Tras hacerlo y llegar casi al final de la calle, una señora nos avisa que alguien nos llama desde el otro extremo, desde una azotea. Mi tía grita a lo lejos “ya nació, ya nació, es una NIÑA” y mi hermana me decía “Nenita, es una niña, ya nació, es una niña”.

Voy a “conocer” a mi hermana:

“Me he puesto el mejor de mis vestidos, quiero que mi hermana y mi madre me vean guapa. Es muy bonito, blanco, con mangas azul marino y topitos blancos. Creo que les gustaré. No me dejan entrar, soy muy pequeña, tengo que esperar en la calle. Me siento triste porque quería verlas, a ella, “mi hermanita” y a mi madre. Espero un rato y se hace el milagro. Allí están, tras el cristal, allí arriba, las veo. Mi madre la lleva en brazos. Las veo. Puedo adivinar su carita menuda, aunque ella no puede verme. Acabo de conocer a mi hermana, la que había soñado e imaginado durante tantos meses. Ahí está y es MI HERMANA”.


Ese día, 16 de Junio a las 2 de la tarde, mi vida cambió para siempre. Dejé de ser la hermana pequeña para transformarme en la hermana del medio y ese verano fue uno de mis mejores veranos, porque mi hermanita se había convertido en lo MEJOR que nos había pasado.

Para la “niña de mis ojos” en su cumpleaños. Muchas felicidades, hermana. Sin ti mi vida sería otra; menos mal que estás en mí.
Somos agua del mismo cielo, tu dulce, yo salada... Por todas esas veces que has sido "mi puerto". Te quiero, hermana.




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5 de junio de 2009

Hasta que la tinta nos separe...


Ayer me quedé embobada mirando la pierna de un muchacho que caminaba delante de mí.
Exhibía unas letras góticas enormes, en sentido descendente, desde su gemelo hasta el tobillo, que ocupaban toda la parte posterior de su pantorrilla.

Confieso que me costó leerlas; entre el movimiento de su pierna, mi propio andar, esa grafía ornamentada y la escasa luz de la mañana recién estrenada, apenas podía intuir su significado. Entornando un poco más mis ojos, en un débil esfuerzo por agudizar mi vista, pude ir descifrando el mensaje, letra a letra:
“Á N G E L A”

No hay nada extraño en llevar el nombre de alguien tatuado en la piel; hoy en día, donde los tatuajes en todas sus variantes están de moda, no resulta ni siquiera llamativo, tal como hubiera pasado años atrás. Pero algo rondaba mi cabeza mientras contemplaba aquellas letras, tan grandes, tan rotundas, tan …“Á N G E L A” en todo su esplendor.

¿Quién sería ella?, solo cabía la posibilidad de que fuera su pareja, pero…¿sería su actual pareja o alguien del pasado?. ¿Habría alguien tan irreflexivo como para tatuarse el nombre de una persona sin saber si estaría ahí para siempre?. ¿Mantener una presencia tan indeleble, una marca tan definitiva, tan evidente, tan explícita, tan visible?. Un recuerdo aleteó en mi cabeza; una antigua canción que, cuando era niña, cantaba mi madre: “Ella me quiso y me ha olvidado, en cambio yo no la olvidé…y para siempre iré tatuado, con este nombre de mujer”.

De repente el sentido y la imagen del tatuaje cambiaron en mi mente. No eran simplemente letras, ni un nombre, ni la pericia de un tatuador; Era algo más profundo: un símbolo, una promesa, un compromiso.

Sorprendentemente…hoy, donde nos falta voluntad para comprometernos, donde enarbolamos la bandera de nuestra libertad como si fuera el pendón de nuestra fortaleza, donde mi “Yo” es más “mío”, cuanto tu “Tú” es más “tuyo” y cada cual en su casa porque mi armario no lo comparto, parece increíble que surjan fórmulas alternativas a los clásicos anillos de compromiso, a los votos del matrimonio o a las promesas de amor eterno, pero ahí están, delante de nuestros ojos y bajo la etiqueta de “moda”… en un solo nombre, muchas palabras:
“Á N G E L A”

“Por ti Ángela, por ser la persona a la que amo profundamente, porque creo que estaré siempre a tu lado y tú al mío, porque quiero que todo el mundo lea que sólo eres tú, así en grande, impreso con estilo clásico.. Por ti, mi amor, para que te sientas orgullosa cuando vayas a mi lado, porque todos podrán ver que soy tuyo. Esta marca es una prueba de amor sincero, verdadero, porque no se borra, no se quita. Te quiero tanto que hipoteco mi piel a tu nombre para el resto de mi vida y si por algún motivo llegaran a existir otros nombres, el tuyo, amor mío, será el legítimo, el mejor, el primero…
hasta que la tinta nos separe”

Sólo un apunte:
¿Te quiero más cuanto más grandes son las letras o lo que cuenta es la intención?



NOTA: Este post lo publiqué anteriormente en un blog donde colaboré, pero lo quise compartir con todos vosotros.
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29 de mayo de 2009

Lavadora, novato y duende: trío mortal



La lavadora es un invento “moderno” que empezó su andadura allá por los años 20 en EEUU. Pero no fue hasta los años 40 y 50 cuando pasó a ser un electrodoméstico “deseado” por muchas amas de casa.

Hoy en día son muchas las lavadoras que funcionan a diario en el planeta. Algunos ya vinimos al mundo, no todos, con una lavadora en casa, porque todo hay que decirlo, en España los “adelantos tecnológicos” llegaron un poco más tarde. Por lo tanto, podríamos decir que hemos crecido con ellas, con sus vibraciones, sus días de puesta y, como no, con la incertidumbre de si tus vaqueros preferidos están dentro o fuera de ella.

Con el devenir de los años las características de las lavadoras han cambiado, pasando de ser meras “mareadoras” de la colada a poseer un equipamiento electrónico digno de cualquier avión a reacción.

Si bien cualquier otro electrodoméstico es bien recibido en una casa, máxime cuando se trata de un aparato electrónico de última generación y todos se pelean por conocer, indagar y apretar cada botón, con las lavadoras no pasa lo mismo. Podríamos decir que es uno de esos elementos que se le “atraganta” a más de uno, por muchos conocimientos que posea en otros campos y casi siempre terminas escuchando “es que yo no sé ponerla”. ¿No sabes poner la lavadora y sabes programar el dichoso disco duro multimedia conectado a la televisión de plasma con TDT incorporado?. ¿No sabes o no quieres saber?.

El primer error fatal que cometen los “que no saben”, pero que por diversos motivos se ven acuciados por la necesidad de probar el invento, es olvidarse de lo principal: “leer el libro de instrucciones”. Los dibujitos que traen las lavadoras en sus botones no son para divertir al personal, tienen un significado.

El segundo error: no saber discernir lo que es ropa blanca de la ropa de color. Siempre fue muy fácil escuchar en casa “Voy a poner una lavadora...¿alguien tiene algo sucio?” y allí que empezaban a aparecer prendas y más prendas, pero nadie esperaba a ver como se hacía la selección entre ropa blanca y de color, los distintos tejidos y las especificaciones propias de cada prenda (por si alguien no lo sabe, cada pieza de ropa trae una etiqueta de fábrica, con unos símbolos que también tienen significado).

El tercer error: el experto puede poner el detergente y otros aditivos “a ojo”, el novato, NO. En cada recipiente de detergente, suavizantes, blanqueadores, etc. vienen las instrucciones sobre cómo se miden las dosis.

El cuarto error: “Si la pongo en el programa 1 y tiene 16, digo yo que saldrá más limpia”. NO y NO. Según el tipo de ropa y la suciedad que tenga se usa un programa u otro. ¿O caso para grabar la serie de Tv de las 10 de la noche programas el grabador para que lo haga desde las 8 de la mañana?.

El quinto error: No preguntar al que si sabe. Parece como si admitir que uno no sabe usar una lavadora fuera poco menos que un "delito".

El sexto error: Saltarse a la torera la prohibición de usar “agua caliente” en algunas prendas o la especificación de “lavado en seco” de otras.

El séptimo error: Si has llegado hasta aquí y te sientes identificado con “el que no sabe”, te remito al punto uno. No lo sigas intentando, te quedarás sin ropa, pero antes, para terminar de convencerte, lee lo que sigue.

Si a pesar de todo, aún te sigue rondando por la cabeza lanzarte hacia tu primera lavadora sin más, te advierto estás conjurando al “duende maléfico” que vive en el intramundo de tu lavadora y que aparecerá para “aguarte” la colada.

CASOS REALES:

-Un antiguo amigo me contó que la primera vez que puso una lavadora, en su primer año de universidad, se le “coló” sin darse cuenta una camiseta roja dentro de la lavadora de ropa blanca (camisetas de interior, calcetines, batas de prácticas) y cual fue su sorpresa al sacar su “primera colada” y encontrarse con un nuevo fondo de armario de un “color distinto al original”. Entre risas y más risas confesaba que fue el hazmerreír de toda su clase cuando apareció, en sus prácticas, con una bata de “color rosa” y apuntaba “y eso que no me vieron por dentro, parecía un chicle”.

-A Rosa le hacía mucha falta, para salir con sus amigas, la camiseta "supermegaguay" que hacía poco se había comprado en las rebajas. Le quedaba “divina de la muerte” y por nada del mundo iba a resignarse a no poder usar “su novedad acrílica” por tenerla sin lavar. Pensando, erróneamente, que, si su madre ponía la lavadora con “los ojos cerrados”, ella sabría perfectamente hacerlo también, se aventuró a programar aquel “facilísimo ingenio”. El resultado fue una minicamiseta del tamaño de su antigua Barbie, porque pensó que aquel botoncito con el dibujo “ ºC “ quería decir “centrifugado a tantas revoluciones” y no los grados de la temperatura del agua.

- Un recién divorciado estuvo a punto de terminar “acorralado” por la espuma que salía de su lavadora. Pensó que si llenaba la cubeta del detergente hasta arriba, su ropa quedaría mucho más limpia que lo nunca la dejó su exmujer. Acabó por llamarla para pedirle “sus sabios consejos”.


Parece una tontería, pero el “duende maléfico” siempre ataca...cuando no sabes.
P.D. Este post está dedicado a Bicipalo por su reciente adquisición: UNA LAVADORA. Ánimo, no es tan difícil. (jejeje)

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26 de mayo de 2009

Pintados de rojo


En mis recuerdos de infancia siempre hay un grupo grande de niños jugando y correteando por las plazoletas. Escondite, pelotas, cuerdas, tejos, trompos, canicas, elásticos, cromos, etc. eran nuestros juegos habituales, todos ellos “digitales e interactivos”, porque necesitábamos ser hábiles con dedos y manos y enfrentarnos a un contrincante o varios a la vez.
Es cierto que corríamos nuestros riesgos y muchas veces acabábamos con algún rasguño, más o menos importante, que nos obligaba a llevar las rodillas, codos y manos “pintados de rojo" durante algunos días. Estos contratiempos, a la vez que podían hacernos brotar alguna lágrima y tener que escuchar la cantinela habitual de nuestras madres, tenían un premio oculto; una rodilla o codo lastimado y la aplicación de una buena dosis de Mercromina junto a su tirita correspondiente, podía avivarnos la imaginación de tal manera que no dudábamos en contarle a los demás la aventura “tan increíble” que nos había ocurrido, cuando en realidad apenas habíamos resbalado en el parque y nos habíamos raspado la piel, superficialmente. Pero todo gran premio tenía su sacrificio y para lucir una herida con fundamento había que enfrentarse a la temida agua oxigenada. Antes de conseguir tener esa apariencia de “héroe accidentado”, teníamos no sólo que escuchar a nuestras madres aleccionándonos, sino que además teníamos que pasar por el calvario del lavado previo de la herida y la aplicación posterior del agua oxigenada, que por mucho que nuestras madres dijeran “no llores que no pica”, picaba y mucho. Al final, tras tanto sufrimiento, nos veíamos recompensados con la imagen y propiedad de una “cicatriz de guerra” que luciríamos, orgullosos, durante algunos días.

Pero con el paso del tiempo se puede ver como envejece tu barrio, porque donde antes pululábamos muchos niños, hoy sólo quedan nuestros padres y madres, que lentamente pasean a sus mascotas o se sientan en los bancos de las mismas plazoletas donde, años atrás, nuestras rodillas y codos cedieron su piel a cambio de un minuto de heroicidad.

Por ello, la otra tarde me sorprendió encontrarme con el ÚNICO grupito de niños, de menos de 10 años, que suele verse jugar por aquellos alrededores. Íbamos caminando en el mismo sentido y los observé; las rodillas llenas de tierra, de las manos mejor ni hablar, arrastraban una pelota candidata a la jubilación anticipada y parecían cansados de correr, saltar y reír. Entonces uno de ellos les dijo a los demás –“No, no, conmigo no cuenten porque salí desde las 3 menos 10 de mi casa y miren que hora es” - Eran las 19:45. La sonrisa se cruzó en mi cara porque, en estos días, donde los niños solo saben jugar a las consolas y videojuegos, donde nos alarmamos por los niveles de colesterol que están presentando, donde se pasan horas y horas sin ejercitar siquiera un músculo, resulta que a modo de “tribu perdida” aún queda algún grupito de niños, en estas enormes ciudades que hemos creado, que aún pueden jugar durante horas en la calle, ejercitando sus cuerpos, adiestrando sus mentes e imaginando ser los héroes del barrio cuando un rasguño en la rodilla se convierte en una herida “casi mortal”. – “ Venga, a casa que ya es tarde para estar fuera”- les dije para terminar de cumplir el ritual: primero salir a jugar, encontrar a tus amigos, jugar sin mirar el reloj, hacerte una herida, volver a jugar sin pensar en el tiempo y, al final, alguien que siempre termina sentenciando: “Es hora de ir a casa”.

Apenas hay diferencias entre ese grupito de hoy y el de ayer y aunque su herida sea amarilla (por el Betadine que se usa ahora) y la nuestra roja, tenemos algo que nos une por encima de todo lo demás: el agua oxigenada PICA y pica mucho.
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23 de mayo de 2009

Otra vez...


Ha vuelto a pasar otra vez y por más que me repita, una y dos veces, “no volverá a ocurrir”, ocurre.

De nada sirve la experiencia acumulada, ni el cuidado que se ponga en la elección, ni siquiera la máxima atención que se le preste. Cuando acontece, acontece y por más vueltas que le des, no logras encontrar la solución, ni saber a ciencia cierta donde está el origen de tan desastroso final y mucho menos augurar un futuro.

Puedes optar por asumir tu responsabilidad sin más muestras de lamentos o incluso aceptar que, por este ritmo de vida frenético, por tu mala cabeza o por confiar demasiado en tu buena estrella, ahora desaparecida, no fuiste lo suficiente habilidoso como para mantener la unidad de la pareja.

Contado así se te puede ocurrir pensar que me estoy refiriendo a “algún amor”, pero no... simplemente se trata de un calcetín “desaparecido”.

Aunque bien mirado, puede que exista un extraño paralelismo entre lo que ocurre con algunos de los amores de nuestras vidas y un calcetín.

Los primeros, un buen día, desaparecen dejando atrás su recuerdo; el calcetín, en cambio, se volatiliza como por arte de magia en el espacio que hay entre tu ropa sucia y la lavadora, dejando un compañero desparejado. “¿Dónde diablos se habrá metido?” dices, con la cabeza, literalmente, metida en la lavadora, cuando no encuentras ni rastro del desaparecido, a sabiendas que, aunque lo busques desesperadamente por toda la casa, no aparecerá.

En nuestros cajones siempre hay un calcetín “separado”, abandonado en una esquinita, esperando con resignación que algún día su “pareja” regrese y juntos puedan volver a andar por la vida.

¿Te imaginas si fuéramos calcetines?. Afortunadamente no es así y podemos seguir andando, aunque algunos de nuestros amores se hayan ido.

No sé por qué razón conservamos esos calcetines. De alguna manera, cuando guardamos un calcetín solitario, mantenemos la esperanza de volver a verlos juntos, mientras le condenamos a la eterna espera.

Te propongo algo: cada vez que abras tu cajón y encuentres un “calcetín solitario”, recuerda a alguien que te haya querido y así tendrá sentido su existencia.

“Aquel calcetín que un día mantuvo tus pies calientes, hoy mantenga el calor de tu corazón”.
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20 de mayo de 2009

Cinco mil


Apenas hace unos meses comencé esta aventura entre “redes” sin atreverme siquiera a pensar que caminos tomaría.

Hoy compruebo que más de cinco mil visitas han pasado por aquí, desde puntos distantes del planeta, dejando opinión o no y quien sabe si, tal vez, llevándose un ratito que espero haya sido agradable.

Pudiera parecer que cinco mil es un número pequeño, ridículo al lado de cifras de éxito descomunal como mantienen otros blogs, pero éste es mi blog, el de María, donde sólo dejo reflejadas cosas que me ocurren, pienso, imagino o invento y aún así he merecido la visita de tanta gente.

Con el gadget de Feedjit Live Traffic Maps he podido seguir desde qué partes del mundo me visitaban y cuales habían sido los posts elegidos. Mucha gente anónima desde distintos lugares como Moscú, Hollywood (EEUU), Emiratos Árabes, Malasia, Concepción (Chile), Londres, Suecia, Israel, Alemania, Argentina, México, Brasil, etc. han encontrado algo que llamó su atención y entraron a visitarme.
Las entradas consultadas han sido variopintas; algunas han formado parte de una única visita, como cuando alguien desde Suecia leyó el post “La croqueta, esa gran desconocida” tal vez pensando que en ella desgranaba, paso a paso, la receta de la susodicha, pero existen algunas entradas que se llevan el gato al agua, en cuanto a visitas, tales como “El leer no ocupa lugar”, “Acortar entradas o post con "Leer más", "Seguir leyendo" o "Read more"”, “Lecciones magistrales: la economía de los sobres”, “Lecciones magistrales II: los sobres y la pesca”, “Ser feliz, básicamente”o "Me llamaban forastera". El por qué, no lo sé, pero algo tendrán.

Por otro lado, están aquellas personas que han querido dejar su comentario y que con ello me han mostrado el camino hacia sus propios espacios. Entre ellos están
ClaveDeSol (Madrid), Josep Julián (Barcelona), Bicipalo (Valencia) , Jabier (Venezuela), Dr. Jorge de Paula (Uruguay), Psicología del Deporte (Málaga) y muchos más, que han conseguido que me anime a participar, unas veces más y otras menos, en sus blogs y de paso, desde ellos he ido encontrando otros lugares a los que visitar.

También está el apoyo de los míos, como mi hermana desde su blog
Mamadameteta, con la que intercambio misivas entre comentarios como si no nos viéramos cada día. O de Luis que también sé que me lee, aunque no escriba nada últimamente. También está Carmen, una de mis compañeras de trabajo, a la que animo a dejarme algún comentario cuando le apetezca.

En definitiva, estos cinco mil visitantes representan algo que ni imaginé cuando un buen día de octubre, del pasado año, decidí probar a escribir para el mundo lo que desde tiempo atrás hacía solo para mí.

Gracias a todos por venir a mi espacio, que es vuestro, y espero que el futuro no sólo depare muchos nuevos visitantes, sino que muchos de vosotros, “mis primeros cinco mil” os hagáis amigos de este blog, sobre el que no hay pretensiones más allá del compartir lo que sale de mis teclas.

Saludos para todo “el mundo” desde esta isla atlántica llamada Tenerife.
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15 de mayo de 2009

Un trocito de felicidad en estado líquido


Hay momentos en la vida…
donde sentirse un poquito feliz parece inalcanzable, como si de un reto descomunal se tratara.
Hay momentos en la vida…
donde la tristeza me embarga y no soy capaz de despejar el alma.
Por eso, hay momentos en la vida…donde debo dejarme rozar por una brisa, un caricia, un arrullo o un aroma y que mis sentidos despierten.

La mañana me trae un nuevo rayo de sol que, tocando en mi ventana, me hará aprovechar esa energía para sentirme mejor.

Voy a por mi primer café del día.

Es un ritual, donde todo tiene sentido y sentimiento.
Preparo la cafetera cuidando de no olvidarme de disfrutar de los elementos: oír como se llena de agua fresca y transparente…manantial de vida; oler el café molido; tocarlo con los dedos, sentir su textura granulosa...y esperar, mientras el fuego extrae toda la fragancia y todo el sabor del grano . Mientras espero, elijo el recipiente adecuado para este momento.
Por fin, la cafetera comienza a humear, llenando el ambiente de perfumes de madera, semillas y sol.
Hago los honores y sirvo el café. Me instalo en la silla, me preparo para el instante mágico, lo observo desde cierta distancia.

Ahora empieza el principio de mi trocito de felicidad de hoy.

Lo tomo entre mis manos, notando su calor entre mis dedos….

Lo acerco hasta mis labios, pero sólo para atraer sus aromas a mi nariz. Lo huelo, lo husmeo. Me dejo embriagar por su fragancia fuerte, poderosa, que excita mis sentidos.
Lo retiro de mi, vuelvo a observar su color de ébano intenso…su cuerpo…su fluidez espumosa.
Nuevamente, lo tomo entre mis manos, lo acerco a mi rostro disfrutando de este preludio con los cinco sentidos.
Entonces, como una ciega pasión, mis labios se abren para recibir el oro negro que exalta mi conciencia .….y me dejo llevar por sus esencias.


Ese íntimo contacto, tan mío, tan suyo…ese dar y recibir, me complace de tal manera que, consigue hacerme soñar con lugares idílicos y calma mis ansiedades y angustias transformándolas en nada.

Así, lentamente, voy apurando mi primer café, mientras me cambia la cara y una sonrisa llena mi rostro.


Nunca nadie ha podido adivinar por qué mi primer café puede cambiarme tanto…no imaginan, siquiera, qué puedo estar pensando. Ahora, tú si lo sabes….

¿Te apuntas?

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8 de mayo de 2009

Tiempo de hornear


Por más evolucionados que sean los electrodomésticos hoy en día, algunos continúan necesitando que alguien les dicte el tiempo que van a tener que estar en marcha.


En este grupo se encuentran los hornos, incluidos los de última generación que, a pesar de su carro extraíble, autolimpieza pirolítica y toda clase de excelencias tecnológicas, necesitan de una mano experta que les indique la función tiempo.


Todos sabemos que la variable tiempo de horneado es tan relativa como lo es el grosor del pollo o del hojaldre, del número de kilos de chuletas o unidades de bollitos y estos ingredientes casi nunca coinciden, exactamente, con las indicaciones de la receta que estamos cocinando.


Por lo tanto, la expresión “tiempo aproximado” es la que normalmente nos encontramos tanto en las revistas de cocina, como en los programas de televisión especializados en este tema, o en las recetas que se adjuntan, gratuitamente, en el diario de los domingos. Para no arriesgarse, la traducción correcta sería:


“Depende: depende de tu horno, depende de los solomillos, depende del pan, depende...”.


El depender de tantas cosas hace que, la tarea de hornear, se convierta en comprobar varias veces que no nos hemos equivocado al programar los grados, en revisar que el reloj marque el tiempo estimado, en colocar de manera ordenada, alineada y correcta los alimentos, en preguntarse "¿por qué aún el queso sigue sin fundirse?" o cómo no... "¿quedará crudo?".

No hay nada más relativo que el tiempo de hornear porque si fuera tan exacto no nos pasaríamos todos esos minutos intentando escrutar desde el cristal si el plato se está cocinando tal como se espera, ni pensando si ese humo sospechoso será normal cuando aún faltan veinte minutos para acabar, o ¿por qué terminamos abriendo para cerciorarnos que todo va bien, perdiendo, cada vez, entre 25 y 50 grados de temperatura, retrasando el proceso que ya nos parecía lento?.


Cuando necesito centrar mi atención, preocuparme en exceso, dudar hasta lo más profundo, horneo una pizza. Si consigo armonizar todos estos factores “depende” y aún así termina siendo mi cena, siento que seré capaz de volver al día siguiente a la oficina y acabar en tiempo y a tiempo todos los asuntos pendientes, sin salir, por ello, chamuscada, porque la vida diaria es como tu horno, repleta de “dependes” y tienes que controlar tu “tiempo de hornear”.
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30 de abril de 2009

Pandemia


Reviso con avidez los titulares de la prensa digital. Lo reconozco: estoy preocupada.

La primera noticia, de lo que está pasando, la conocí mientras leía, el pasado viernes, un post en un blog amigo de México. Apenas era el comentario de una madre que, ante las noticias que iban surgiendo en su país, había rechazado la invitación a un cumpleaños de algún amiguito de sus hijos. En ese instante me pareció anecdótico el celo de esa madre hacia sus vástagos.

Poco a poco, pero sin pausa, han ido apareciendo más y más noticias sobre la “nueva gripe”. Los casos se van extendiendo por el mundo gracias al transporte humano, que atraviesa fronteras y continentes en pocas horas. Aparecen “sospechosos” en muchos sitios a la vez y hasta el momento , en el que estoy escribiendo, hay 114 casos confirmados por pruebas de laboratorio.

La OMS acaba de elevar la alerta a nivel 5: riesgo inminente de pandemia, debido a los casos que se han confirmado y que, previamente, no habían viajado a México.
Algunos países comienzan a aplicar medidas drásticas como la prohibición de vuelos hacia o procedentes de México, el sacrificio de todos los cerdos en Egipto, declaran el estado de emergencia en California, etc.

Y cada vez me preocupo más, sobre todo, porque hay un dato que no llego a comprender, será por ignorancia, pero no me cuadra.
Compruebo las edades de los contagiados, personas jóvenes, muchos estudiantes que viajaron a México por diversos motivos y que a su vuelta se encuentran enfermos. Otros tantos estudiantes en EEUU.

Normalmente, cuando anuncian las campañas de vacunación contra la gripe, se hace mucho hincapié en los grupos de riesgo: personas mayores, pacientes crónicos (diabéticos, asmáticos, etc.) o inmunodeprimidos porque, precisamente, son los más expuestos a contagiarse y a padecer complicaciones.

Y me pregunto ¿qué tiene este virus que es capaz de contagiar a una persona joven, supuestamente sana, que es capaz de cruzar medio mundo para hacer un viaje de estudios y que, a priori, no se encuentra en los grupos de riesgo?.

Aquí, en España, todos los casos, hasta el momento, parecen ser personas jóvenes, entre 21 y 29 años.

Sinceramente, estoy preocupada. Este nuevo virus parece tener un patrón “no habitual” y, cuando estamos poco acostumbrados a ver algo, es posible que “algo” se nos esté escapando y no es momento para dejar cabos sueltos.
Seguiré pendiente de los titulares de la prensa digital. Ojalá que quienes se dediquen a la investigación encuentren pronto los motivos, los cómo, dónde y por qué de esta pandemia, mientras los que tienen que velar por nosotros lo hagan lo mejor posible, desde el médico de familia que nos atiende, hasta el político que deba tomar las decisiones más “saludables” para nuestros países.

El mundo está en crisis....de salud.
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14 de abril de 2009

La voz del Silencio


Se conocía lo suficiente como para saber que algo no funcionaba bien. Siempre ocurría de la misma forma, las mismas señales, los mismos síntomas.

Hacía varias noches que no podía conciliar el sueño; daba vueltas en la cama, tejiendo una red de pensamientos amorfos, sin fundamento, un ir y venir a ninguna parte. El tic-tac del despertador, la mayoría de las veces desapercibido, controlaba el aire y se convertía en el pulso de la noche, acompasado, fuerte, determinante, sin prisa, sin pausa. Otra vuelta a la almohada, cambio de postura, nada conseguía el milagro, continuaba despierta. Los minutos se iban fundiendo en horas; las horas en desesperación – “Tengo que dormir, tengo que dormir”- . Luego, durante el día, la falta del descanso nocturno, le pasaba factura haciendo, de su rutina diaria, un perfecto tormento.

Otra de esas señales inconfundibles era la aparición súbita de unas ganas irrefrenables de hacer algo con las manos, dedicarlas plenamente a la realización de tareas manuales, donde poder concentrar y focalizar su pensamiento; movimientos concretos, dirigidos, con principio y fin, con orden y concierto, con un propósito, una finalidad, con un plan trazado para poder seguirlo sin dudar.

Por encima de cualquier señal había algo que no dejaba duda alguna sobre su estado de ánimo: el SILENCIO.

Para alguien al que le gusta compartir su tiempo con los demás, pasar las horas charlando, disfrutar conversando de cualquier tema, quien, incluso, es consciente de su propia verbosidad, llegar a este momento mudo resulta llamativo, cuando no, clarificante.

Una voz interior, sin sonido pero con palabras, le decía:

- “Silencio, necesitas silencio, dejar de oír lo externo para poder escuchar lo que tiene que decir tu interior. ¿Qué te está pasando? ¿Qué te perturba? ¿Cuál es tu temor?” - .

Silencio voluntario, necesario, deseado.
Silencio para meditar, escuchar, respirar.
Silencio, sólo silencio.
Sentarte en silencio,
Escuchar tu silencio,
Hablarle al silencio con el pensamiento.
Silencio, sólo silencio
.


El momento había llegado. ¿Por cuánto tiempo? ¡Quién lo sabía!. Cogió lo necesario; una manta para sentarse y taparse si tuviera frío y agua para beber, no precisaba nada más. Marchó hacia la playa, acompañada de su silencio, su eterno y fiel compañero, quien como nadie la conocía por dentro, quien adivinaba sus cuitas, quien mejor interpretaba el aire de sus suspiros, quien aparecía cuando algo comenzaba a tambalearse. Él…su silencio, le proporcionaría las claves para desenmarañar su interior.

Se conocía lo suficiente como para saber que entregando su voz al silencio, las palabras regresarían….algún día.
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1 de abril de 2009

Noche oscura


Era entrada la noche, fuera todo estaba oscuro, el escenario adecuado para los que gustan infringir miedo. Sus voces y los golpes en el portón sobresaltaron a la familia.


“Abran...abran la puerta”- gritaban sin importarles el descanso ajeno.


Él y sus hermanos menores se arremolinaron en una esquina de la cocina asustados y temblorosos.
Aquellos hombres, en nombre de la ley, tras abrir la puerta, entraron y sin mediar explicaciones se llevaron al padre.
Ignoraban los motivos, pero algo estaba claro, había sido arrestado y se lo llevaban. Y así, junto a aquellos hombres del terror, vieron marchar a su padre, por el camino hacia no sabían donde.
Eran tiempos difíciles, revueltos, donde la desgracia le podía llegar a cualquiera, sin distinción, en cualquier momento y desde cualquier flanco. Sólo hacía falta que una voz, a menudo cobarde y malcarada, mentara un nombre y ellos aparecían, arrestaban y negaban la presunción de inocencia, aunque no hubieran pruebas fehacientes de ningún delito.

El padre no había podido presagiar que su desgracia se había fraguado la mañana de aquel mismo día, cuando alguien le habló:

“Hoy habrá una marcha en favor del Movimiento y tendrás que acudir, como todos, ya están las banderas preparadas”- dijo la mujer con arrogancia.

Él rechazó la invitación alegando las muchas faenas que le esperaban durante la jornada para conseguir dar de comer a su prole, siete hijos que tenía en ese momento, en aquellos días donde la miseria era el pan de cada día, pero antes de marchar agregó:

“ Si Pedro se llama el que manda, yo lo llamaré Pedro y si es Juan, lo llamaré Juan”- dijo con rotundidad, dando con su respuesta fin a la conversación y continuó su camino.

Nada hacía suponer que aquellas palabras, expuestas sin mala intención, pero con la verdad del hambre en los labios, serían las mismas que usaran para denunciarlo. Y tras esa acusación injusta, al amparo de la oscuridad, acudieron a llevárselo.

La madre, mujer de temperamento fuerte y decisión resuelta, no tardó en ordenarle a sus hijas mayores que se ocuparan de sus hermanos pequeños, mientras ella estuviera fuera. Tenía que ir a ayudar a su esposo, tenía que hacerlo porque era inocente de cualquier cargo que pretendieran achacarle, ella lo sabía, estaba segura. Corrió en la oscuridad durante mucho tiempo hasta llegar a la casa de quien, en su tormento, pensó que sería la única persona capaz de ayudar a su marido: el párroco.

Él conocía bien al ahora detenido. Sabía de su talante pacífico, del amor hacia su familia, de los trabajos que pasaba para sacarlos adelante. Conocía que había servido a la Patria durante varios años en África, bajo el reinado de Alfonso XIII y la dictadura de Primo de Rivera, a pesar de dejar atrás a su mujer, dos hijas y otra por nacer. También sabía que sus manos de artesano estaban siempre dispuestas a ayudar en lo posible a sus paisanos, aunque las miserias fueran muchas. Él mismo, en varias ocasiones, había acudido en su busca para algunas faenas necesarias para la iglesia y siempre estuvo a su disposición. Sabía de qué pasta estaba hecho.

Cuando la esposa le contó lo sucedido salió sin dilación en busca de respuestas, de los motivos que habían hecho que aquél buen hombre se encontrara detenido. Indagó sobre su paradero y las condiciones de su detención. Sus contactos y su propia persona fueron suficientes para que al día siguiente lo dejaran libre, sin cargos; todo había sido un error. ¿Un error? Así llamaban a las injusticias.

Aquel padre, antes de salir de las dependencias donde lo tuvieron retenido, solicitó que nada de aquello quedara escrito, que su nombre no se viera manchado por algo que no había cometido. Quería y exigía, que por su inocencia, no quedara rastro de aquella noche tan amarga. Y así fue.

Tan pronto como pudo retornó a su casa, a su hogar, para tranquilidad de los suyos. Aquél pequeño que temblaba junto a sus hermanos lo vio aparecer por el mismo camino que la noche antes se lo había llevado y la alegría llenó su corazón.

Hoy, 70 años después, me lo relata como si apenas hubieran pasado unos días, con la emoción en el rostro recordando aquella noche oscura, de miedo, de incertidumbre, donde los hombres del terror se llevaron a su padre.

Aquel niño es mi padre, mi abuelo fue el detenido y esta historia no es un cuento.
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27 de marzo de 2009

Lecciones magistrales II: "los sobres y la pesca"


En un post anterior Lecciones magistrales: “la economía de los sobres” intenté reflejar los conceptos de economía básica que una gran mujer, mi madre, ha ido utilizando a lo largo de los años para el sostenimiento, fortalecimiento y permanencia de su empresa privada: su familia.

Sus lecciones no sólo nos enseñaron a llenarlos de “peces” sino que gastó gran parte de su tiempo en adiestrarnos, de mil formas distintas, para que pudiéramos “pescar” por nosotras mismas. Nuestro aprendizaje se basó en su ejemplo, en sus ganas de aprender cosas nuevas, inventar, investigar, practicar, etc. Siempre nos permitió estar a su lado, observando, mientras arreglaba algún enchufe, un pequeño electrodoméstico, hacía un bordado o cocinaba y nos dejó libertad para intentarlo, para aprender esas otras “cosas” que no nos iban a enseñar en la escuela. Otra de sus máximas fue: “lo que se hace mal y no se corrige, queda mal para siempre”, de manera que nunca ha perdido la paciencia si ha tenido que volver a empezar un trabajo para que quede bien “hasta la eternidad”.

Hoy en día cuando aún necesitamos algo vamos a su casa, preguntamos “¿tendrás un poco de…?” y ella, alegremente, nos abre las puertas de sus armarios, sus cajas y cualquier rincón donde pueda encontrarse lo que le solicitamos para que nuestra “pesca del día” sea productiva y llegue a buen puerto. Podemos encontrar cualquier cosa: desde un tornillo hasta el retal de tela increíble. Ella lo guarda todo mientras piensa “por si a las niñas les hiciera falta algún día”. Sé que disfruta viéndonos crecer en experiencia, cuando le mostramos nuestras “obras”, cuando observa nuestras habilidades, nuestras distintas “artes para pescar”. Se siente satisfecha del resultado de su dedicación hacia nosotras.

Otra de sus grandes enseñanzas ha sido mostrarnos la necesidad de invertir en “valores seguros”, en nuestras manos, las únicas herramientas que dependen, únicamente, de uno mismo. Cuando preparaba mi boda, mi madre, me aconsejó que, en lugar de gastar todo el dinero que me habían regalado mis abuelos para el vestido de novia, usara sólo la mitad, porque “solo es para un día y todas las novias están guapas” y que el resto lo invirtiera en futuro: una máquina de escribir (hablo de 1987) y una máquina de coser. “La máquina de escribir porque puede abrirte las puertas del trabajo, de tu independencia y la máquina de coser porque puede cerrarte los agujeros que sufran tus ropas o tu vida”. Y así lo hice; fui una novia muy guapa que incluyó en su ajuar una máquina de escribir y otra de coser; lo moderno y lo conservador.

Gracias a aquellas teclas mis horizontes laborales se abrieron y hoy, a pesar que la mecanografía , que tanto me costó aprender, está pasada de moda, puedo tener un trabajo decente. Pero fue gracias a la máquina de coser que pude ganar el dinero suficiente, cosiendo en un taller, para salir adelante por mi misma, con mis manos, en un momento en que mi vida se tambaleó sin previo aviso. ¿Clarividencia?, no lo creo. Experiencia materna y de la vida, en todo caso.

Si alguna vez le enseñamos algo nuevo que hemos aprendido, otra habilidad, sonríe y dice: “Si, mi niña…eso se va guardando en el sobre porque nunca se sabe si algún día hará falta tirar de ello”. Si su familia fuera una multinacional, sus sobres de conocimientos serían la formación continua, las actualizaciones de software, el reciclaje del personal, la implantación de nuevas tecnologías, la introducción de nuevos métodos y herramientas, pero solo es una madre y las cosas que nos ha enseñado no tienen titulación académica, ni títulos rimbombantes.

¡Ay, esos sobres! , los sobres de mi madre, que lo mismo se llenan de "peces” que de “artes para pescar”. Y han sido éstas y no otras las que han logrado que seamos autónomas, independientes, con ideas para afrontar cualquier situación por rara, mala o extraña que parezca.

Nosotras, fieles a sus “fórmulas magistrales” seguimos aprendiendo y guardando en el sobre, por si acaso.
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18 de marzo de 2009

Entre el muro y el asfalto


El sol se abre paso, tímidamente, entre las nubes altas. Después de tantos días de frío, lluvia y humedad se agradece sentir sus rayos, como un abrazo siempre tibio. Camino, lentamente, disfrutando del momento, porque pronto llegará la primavera pero sus prólogos ya son visibles.

Entre las grietas que hay entre el muro y el asfalto que recubre la calle, un mundo vegetal se asoma sin timidez. Sin esperar el nacimiento de la próxima estación, ya lucen sus galas de color: amarillos, malvas, blancos, verdes. Se muestran exultantes, como si supieran, con certeza, que son las primeras en llegar, pavoneándose ante nuestros ojos, que ya se habían acostumbrado al gris de la estación invernal, dándonos la primera oportunidad para celebrar que un nuevo ciclo vital se acerca.

Son frágiles, pero al mismo tiempo supervivientes; son pequeñas, pero con una capacidad de expansión tremenda; son simples, pero abundantes... Son las “malas hierbas”.

Pasamos a su lado y apenas les prestamos atención; si aparecen en nuestros jardines o huertos nos afanamos por hacerlas desaparecer. Es una lucha constante; la supervivencia a pesar de todo.

Para tener alguna oportunidad, sus semillas se agarran a la vida en cualquier grieta que les permita germinar y, desde allí, salir al exterior con la esperanza de poder dar un “paso más allá”. Pero para que esto ocurra deben ser las primeras; las que crezcan sin espacio, las que estén más expuestas a la destrucción, las que florezcan antes, llamando la atención de los insectos que, atraídos por sus colores brillantes, se encargarán de esparcir su futuro más allá de la grieta que las vio nacer. Algunas poseen sistemas propios de propagación; después de florecer, se convierten en esferitas peludas que serán mecidas por el viento hasta que se desprendan, iniciando un vuelo hacia lo desconocido, más allá del muro.
Cerrajas amarillas, los exuberantes cardos marianos floridos, las lechuguillas, alguna ortiga mansa, cebada bastarda, también muchas hierbas canas, en definitiva, todas aquellas que buscan un lugar mejor.

Observo como se muestran, tan frágiles y jóvenes, con más ganas que experiencia, y se me ocurre que las “malas hierbas” deben ser la “adolescencia de la vegetación”, esa parte tan necesaria y, a la vez, tan descontrolada de la Naturaleza.

Las “malas hierbas” son las flores nuevas que, estando al pie de un camino, aún no saben que dirección tomar, aunque se muestran activas y dispuestas, sin muchos adornos, pero radiantes, como todas las jovencitas.
Una amapola es la flor que estando al pie de un camino, partió hacia el prado y entre trigales, que le dan protección y escenario, muestra su hermosura, y aún sabiendo que su vida será breve, también sabe que su lugar está ganado, como una mujer madura.

Pronto llegará la primavera, pero la vegetación adolescente ya se asoma, sin timidez, por la grieta que hay entre el muro y el asfalto, proclamando su existencia, casi, a gritos. Allá, en aquel jardín, las rosas, azucenas y claveles siguen durmiendo; no hay prisa, Mayo, el mes de las flores, aún queda lejos.
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15 de marzo de 2009

Premio SYMBELMINE




PREMIO OTORGADO POR GLORIA DE http://mamadameteta.blogspot.com/


«Este premio es otorgado en agradecimiento a los blogs, premiando su trabajo y como un motivo más para estrechar lazos existentes, para que así no nos olvidemos de esos blogs que hacen que cada día queramos seguir haciendo lo que hacemos».


AL ACEPTAR ESTE PREMIO, ACEPTO TAMBIÉN SUS REGLAS:

1. Elegir siete candidatos que por sus cualidades creas que merecen el premio.

2. Editar una entrada mostrando el premio y hacer referencia a quien te lo entregó.

3. Notificar a tus candidatos


PREMIO A ESTOS BLOGS QUE CONSIDERO EXCELENTES CON EL PREMIO SYMBELMINE:

Mar "Año nuevo, vida nueva" : http://siloquiereshazlo.blogspot.com/

Pedro "Entre pedales, homos, ciervas y mamuts" : http://bicipalodivagando.blogspot.com/

Euralia Alcancia "Domadores del euro" : http://www.domadoresdeleuro.com/
Mariano Lozano "Mi ciénaga": http://www.marianolozano.com/
Jabier "Casa de los cuentos": http://casadeloscuentos.blogspot.com/
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10 de marzo de 2009

Me llamaban forastera



Hace más de 20 años, con la maleta llena de deseos, los bolsillos repletos de juventud y el corazón a rebosar de sentimientos, partí de mi tierra natal para emprender un viaje hacia al futuro. Un destino que me separaba 2000 kms. de todo lo que había conocido hasta entonces.

Si viajas de una región a otra de tu propio país, no te consideras, ni consideran, emigrante, pero lo eres en cierta manera: sales de un lugar, llegas a otro, gente diferente, costumbres distintas.

Cuando cambié mi pequeña ciudad isleña, casi pueblerina, por aquel pueblecito agrícola, blanco, repleto de sol, al sur de Andalucía, yo no era emigrante: me llamaban “forastera”.

Confieso que al principio me hacía gracia la palabra; me transportaba a las películas del oeste, con pistoleros e indios, donde desde la puerta de la cantina alguien, con la mano en el revólver, advertía “Cuidado, forastero”. Lejos de molestarme, comprendí que sólo era una palabra que ayudaba a la gente del lugar a identificarme, cuando la confianza no era tanta como para conocer o llamarme por mi nombre de pila. “Si, mujer… ¿cómo no vas a saber?...la forastera que llegó hace poco y que está viviendo en la avenida nueva”.

En los pueblos es muy común utilizar un apodo como identificación dentro de la comunidad. Algunos son propios, del individuo, pero otros van pasando de generación en generación como si se tratara de títulos nobiliarios. Pero cuando llegas de otro lugar, sin pasado, sin historia, sin apodo, es como si no tuvieras filiación, como si te faltara todo un entorno que arropara tu existencia. No es extraño entonces que, hasta que no hagas méritos para tener tu propia denominación, los lugareños intenten ubicarte de la mejor manera posible usando para ello lo que te diferencia del resto y te distingue.
Fui bien acogida, viví entre ellos, adopté sus costumbres, trabajé con algunos, reí con muchos, lloré con otros, pero a pesar de todo y de los años, siempre fui “la forastera”. Tenía su mismo color, el mismo idioma, la misma patria, pero había algo que destacaba por encima de todo: procedía de otro lugar.

¿Y acaso no era verdad?. Había nacido a 2000 kms lejos, en el mar, cerca de África. Hablaba, según ellos, raro, con un acento que se les antojaba, casi, caribeño. De mi cocina escapaban olores y aromas diferentes que no sabían identificar. Mis propias costumbres, mi forma de ser y desenvolverme en la vida eran distintas. Pero ellos, que terminaron conociéndome, queriéndome y arropándome, continuaron llamándome “la forastera”.

Una palabra, por si misma, solo es el envoltorio de algo; es el continente para un contenido. Su significado, el real, el completo, no se ciñe sólo a su significante; copa ¿de cristal basto o de Bohemia?; televisor ¿de pantalla plana o plasma?; noticia ¿política o del corazón?; ensayo ¿de teatro o científico?; Una palabra sin sus satélites apenas es un esbozo de su realidad.

- “Sí, la forastera… sí, mujer, esa chica tan agradable, morena, que habla así como si fuera de telenovela, sí, sí, ésa misma, la que camina muy rápido por las calles del pueblo cuando va a trabajar, que parece que va a apagar un incendio, ja, ja, ja. Parece muy buena chica, la forastera; educada, amable, trabajadora, respetuosa. Un encanto de chiquilla.”-


No deberíamos darle tanta importancia a las palabras que sólo intentan identificarnos por lo que nos diferencia del resto, por ese rasgo que sobresale y nos hace destacar dentro de un grupo: el pelirrojo, la forastera, el negro, la invidente, el moro, la china, el gordo, la rubia, el extranjero. Sólo son palabras, sin afecto, sin penas, ni glorias. Mucho más nos deben preocupar los actos de quienes las pronuncian.

Fui forastera y era verdad.

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3 de marzo de 2009

Lecciones magistrales: "la economía de los sobres"


Abro la puerta, silbo anunciando mi llegada y una voz, al final del pasillo, me responde. Encamino mis pasos hacia ella y allí la veo, con el lápiz en la mano, los tickets del supermercado en la otra, a punto de comenzar a hacer sus balances sobre el tablero blanco melaminado que utiliza como mesa de corte para sus arreglos de costura.
Hasta hace poco, su pizarra mágica era la mesa azul de formica que, con más de cuarenta años, aún reina en la cocina. Sobre esa superficie, la vi muchas veces, demasiadas, haciendo cuentas, borrando con el dedo sus cálculos y volviéndolos a hacer, apilando montoncitos de monedas contadas o colocando los billetes en sobres separados.
Ella dice que “siempre vivió en crisis”. Es su forma de sintetizar lo que significa administrar lo mejor posible los ingresos de la familia, sobre todo, cuando éstos nunca fueron espléndidos.
Su nacimiento, en 1941, la convirtió en “niña de la postguerra” española haciendo que en su infancia conociera las cartillas de racionamiento, el estraperlo y la escasez económica. Creció y aprendió el “oficio” gracias a otra de las grandes de la economía: mi abuela. De su madre, siempre habla con devoción, sobre todo, cuando nos relata todas las peripecias que realizaba para que “las penas, que eran llovidas, fueran menos”. Aquellos fueron unos tiempos muy difíciles, donde todo escaseaba y había que agudizar el ingenio para cubrir las necesidades, trabajar de sol a sol y donde el arte de reciclar no era una opción, sino una realidad. Una estampa similar puede verse hoy en día en otras partes del mundo.

No pudo ir al colegio, porque, entre otras cosas, no se veía necesario para una niña rural pero, de este pasado de carencias, aprendió todo lo necesario para intentar evitarnos penurias futuras. No es que tenga la receta del milagro del pan y los peces, sino toda la sabiduría que el paso por la vida y sus circunstancias van dejando tras sí junto a incansables horas de trabajo.

Sus reglas para evitar el caos económico son básicas, pero efectivas:

-Nunca gastar lo que aún no se tiene. Dilapidar un sueldo que no se ha cobrado, solo lleva al descalabro.
-No adquirir deudas que no sean estrictamente necesarias.
-Pensar que los imprevistos siempre son más previsibles de lo que se cree. Todo el mundo enferma, todo se avería, todo se rompe...alguna vez.
-Lo que se destina para un uso, jamás hay que gastarlo en otra cosa pensando “ya lo repondré”.
-Planificar con tiempo los gastos futuros y priorizarlos por orden de necesidad.
-Intentar ahorrar cada mes, de manera, que se puedan afrontar algunos proyectos a largo plazo, sin éstos provoquen un quebranto en la economía familiar.
-Pero sobre todo, trabajar. Nadie tocará en tu puerta para traerte dinero, hay que salir a buscarlo.

Con todas estas premisas no es extraño que, los días de cobro (antes en efectivo), la viéramos sumando y restando sobre su mesa azul, separando el dinero del transporte mensual, los importes de los recibos de la casa, la luz, el agua, el teléfono, etc., calculando con cuánto contaba para la compra de alimentos, los gastos de las “niñas”, los famosos imprevistos, en definitiva, poniendo en práctica la “economía de los sobres”; éste para los recibos, éste para el transporte, éste para la comida, éste....éste para lo que ha sobrado.

Una vez le escuché decir a una amiga cubana que su madre era “económica”, término empleado para lo que conocemos como economista. Recuerdo que al oirlo pensé directamente en mi madre.

A pocos días de la conmemoración del Día Internacional de la Mujer, el 8 de Marzo, quiero dedicarle este post a mi madre por todo el trabajo, esfuerzo, dedicación, sacrificio y voluntad que ha puesto a lo largo de todos estos años, y sigue poniendo aún estando jubilada, por todo lo que hemos aprendido de ella para que nuestra vida, la mía y la de mis hermanas, haya sido inmensamente más fácil de lo que jamás pudo imaginar en su niñez.

A mi madre, con todo mi amor y respeto, por haber sido y ser una MUJER con todas sus letras.
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