
“Ahora cuando me maquille, te pinto la barba a ti” – argumentaba entre las brochas y colores a los que saludo, casi, de año en año.
Ya estamos listos, ahora las fotos.

La climatología nos acompaña de momento, no hace frío y no llueve.
De camino hacia la parada de la guagua (autobús), vemos que muchos carnavaleros, ataviados como es preceptivo, van por la avenida caminando.
“Mira, allí hay un tranvía, si éste viene muy lleno, cogemos la guagua como la otra noche”.
“Allí hay una estacionada, corre a ver si llegamos a tiempo”.
Corremos nosotros y cien personas más. ¿Pero de dónde ha salido tanta gente y a estas horas?. Tenemos que hacernos un hueco como sea y lo logramos, pero también todos los demás.
Escuchamos decir que el tranvía está parado porque otro, en otra parte del recorrido, se ha averiado y no pueden seguir. Esta es la razón de tanta gente al mismo tiempo, se han bajado del tranvía e intentan coger la guagua.
Se abren las puertas traseras, no sabemos si ha sido el chofer o alguien desde afuera que ha activado la apertura de emergencia. El caso es que entran todos. La guagua va hasta la bandera. Cuando arranca, de manera espontánea todo el mundo comienza a cantar en homenaje hacia al chofer que ha consentido en que subieran todos los que esperaban:
“El chofer, el chofer, el chofer cojonudoooo, como el chofer no hay ninguno”

No cabe ni un alfiler, unos contra otros, risas, más fiesta, vasos llenos de bebidas.
Miro a Luis y le digo “Ay mi madre, está la guagua como para que vuelque” y es que parecía que se tambaleaba más de la cuenta.
La gente sigue cantando y el chofer se “enrala” (expresión que quiere decir “se anima”) y cada vez que tiene que frenar en un semáforo, suelta el freno y vuelve a tocarlo, logrando que la guagua se tambalee al tiempo que su “contenido” jalea , “Ehhh, ehhhhhh, ehhhhhhh”.
En una de éstas, un vaso sale despedido y me llena la cara y parte del disfraz de algo así como ron con algún refresco. Si me limpio la cara con la mano tendré churretes de rimel toda la noche, así que opto por dejarlo estar, que se seque con el “calor ambiental”.
Por fin llegamos al destino. Respiré hondo porque el trayecto fue bastante movidito.
Enfilamos hacia el lugar donde desde hace 8 o 9 años nos pasamos las noches enteras bailando.
Por el camino, mucha gente, muchos disfraces, muchas risas y ese deambular tan característico de estas fechas; de calle en calle, de carroza en carroza, de kiosco en kiosco. Y sobre todo, música por todas partes.
Al rato de estar en el lugar elegido, la música deja de sonar con la intensidad habitual. Vemos como alguno de los miembros de la carroza se sube al techo para comprobar qué le pasa al altavoz. Mala suerte, los bajos se han roto y no tendremos música como de costumbre.
No importa, en la carroza de al lado hay más y, casi, mejor.
Seguimos bailando, una cervecita, un bocata, más baile. Un mensaje al móvil de mi hijo para ver si está bien. Al rato aparece por allí. Está entero, menos mal. Y es que aunque uno sale a divertirse, la “profesión de padres” no tiene descanso.
Van pasando las horas, pero las ganas de seguir bailando acompañan; ahora salsa o merengue, luego “chumba chumba” (o sea, música de “ahora”), otra vez un surtido de música latina. El carnaval es así, cualquier música sirve si es bailable y todo el mundo lo baila, sea de su preferencia o no.

A veces, la música cesa, es la costumbre cuando se escuchan las sirenas de alguna ambulancia. Así, el gentío se percata y se aparta hacia los lados hasta que el vehículo pasa. Y esto se respeta bastante, aunque la calle esté repleta de gente de un lado al otro.
Vuelve la música a sonar y seguimos bailando hasta que mirando el reloj nos hacemos conscientes de la hora que es.
“Son las 6:30, ¿nos vamos ya?”. Otro mensajito al móvil de mi hijo y vuelve a aparecer al ratito.
“Oye, que nosotros nos vamos ya ¿cuándo te vas tú?”- le pregunto.
“En breve, porque los muchachos también se están marchando ya”- me contesta mientras me da un beso.
Lo miro mientras baja calle abajo. Aunque he visto a muchos jóvenes pasados de alcohol y a saber cuántas cosas más, también es cierto que otros muchísimos salen a divertirse, sin la necesidad de “desfasarse”. Lo veo escabullirse entre el gentío y pienso “Es buen muchacho, tiene fundamento”.
Se ha levantado viento.
Caminamos de vuelta a la estación de guaguas, pero hacemos una parada para comprar los churros que nos iremos comiendo hasta llegar a casa.
Hemos tenido suerte, podemos ir sentados. Son algo más de las 7 de la mañana y el día comienza a clarear.
Para cuando llegamos al barrio, unas gotas de lluvia nos sorprenden. Corremos hacia el portal con los jerseys en la cabeza.
Por fin, en casa, ¡qué alivio! Zapatos fuera, una ducha calentita, pijama, un vaso de soja templada y a la cama.
¡Ah, no!, aún falta algo. Móvil y llamada al “rey la casa”.

Un “mamá, ya estoy aquí” y un beso de “buenos días noches” son lo último que recuerdo de esta noche de carnaval.
Habrá más, espero, el sábado que viene, pero por hoy “ya está bien”, jeje.