
Hace unos meses, vi en la Tv a una abuelita, octogenaria, que mantenía una salud de hierro que, incluso, le permitía dedicar algunas horas de su vida a atender a otros que no tenían tanta suerte, algunos más jóvenes que ella.
Le preguntaron “¿Cuál es su secreto?” y ella, con una gran sonrisa, dijo “Poca cama, poco plato y mucha suela de zapato” y siguió su ruta hacia el hogar donde dispensaba sus cuidados a otros menos agraciados.
El estilo de vida actual, que no el ritmo, nos induce a un tipo de alimentación desordenada, sin horarios, ni programaciones. Caemos, con mucha facilidad, en el error de alimentarnos de manera rápida, de cualquier manera y sin controlar la ingesta de productos. No es extraño, por tanto, que la tasa elevada de colesterol, hipertensión, diabetes, obesidad y otros males, sean pan de cada día entre nosotros.
Nuestra tan manida, pero fantástica, dieta mediterránea se ha diluido entre platos combinados, que más que alimentarnos nos proporcionan verdaderas bombas gastronómicas. ¿Quién diría que ha almorzado mal tras meterse entre pecho y espalda un plato con ensaladilla rusa, croquetas de “lo que sea” y una ración de papas fritas, sin olvidar el pan, el refresco, el postre y el café? Casi nadie, porque confundimos alimentación con ingesta y damos por hecho que “barriguita llena, corazón contento”, lo cual es una barbaridad, porque nuestro corazón lo menos que se sentirá será contento y éso sin preguntarle al resto del organismo.
Por otro lado, nuestra capacidad de movimiento está limitada por la comodidad que nos supone ir en coche a todas partes y enojarnos cuando no conseguimos llegar a la puerta de donde vamos. Gastamos “mil palabras” y unos cuantos litros de gasolina cuando no encontramos aparcamiento, pero ni se nos ocurre ir a pie.
Pero lo peor de todo es que estamos “contagiando” a nuestros hijos de estos malos hábitos. Obsequiamos consolas, en lugar de pelotas. Organizamos rutas en coche, en vez de bicicletas. Premiamos con comidas rápidas, en lugar de ofrecerles un buen potaje de la huerta.
Hoy he visto una noticia que decía así: “Comer poco alarga la vida de los mamíferos”. No me extraña. Comer mucho y mal, la acorta. Hacer poco ejercicio, también.
¿Qué estamos haciendo? ¿Es éste el estilo de vida que queremos tener?
Si algo bueno nos ha traído la crisis es el aumento de los tuppers en los trabajos, de los potajes en los hogares y un poco más de ocio “gratuito” y sano, como jugar a la pelota o corretear por los parques.
A mí, aún me queda lo de dormir poco, porque ¿quién se resiste a dormir unas horitas de más cuando el fin de semana llega? Aunque con estos días de calor casi consigo cumplir el precepto:
“Poca cama, poco plato y mucha suela de zapato”
Le preguntaron “¿Cuál es su secreto?” y ella, con una gran sonrisa, dijo “Poca cama, poco plato y mucha suela de zapato” y siguió su ruta hacia el hogar donde dispensaba sus cuidados a otros menos agraciados.
El estilo de vida actual, que no el ritmo, nos induce a un tipo de alimentación desordenada, sin horarios, ni programaciones. Caemos, con mucha facilidad, en el error de alimentarnos de manera rápida, de cualquier manera y sin controlar la ingesta de productos. No es extraño, por tanto, que la tasa elevada de colesterol, hipertensión, diabetes, obesidad y otros males, sean pan de cada día entre nosotros.
Nuestra tan manida, pero fantástica, dieta mediterránea se ha diluido entre platos combinados, que más que alimentarnos nos proporcionan verdaderas bombas gastronómicas. ¿Quién diría que ha almorzado mal tras meterse entre pecho y espalda un plato con ensaladilla rusa, croquetas de “lo que sea” y una ración de papas fritas, sin olvidar el pan, el refresco, el postre y el café? Casi nadie, porque confundimos alimentación con ingesta y damos por hecho que “barriguita llena, corazón contento”, lo cual es una barbaridad, porque nuestro corazón lo menos que se sentirá será contento y éso sin preguntarle al resto del organismo.
Por otro lado, nuestra capacidad de movimiento está limitada por la comodidad que nos supone ir en coche a todas partes y enojarnos cuando no conseguimos llegar a la puerta de donde vamos. Gastamos “mil palabras” y unos cuantos litros de gasolina cuando no encontramos aparcamiento, pero ni se nos ocurre ir a pie.
Pero lo peor de todo es que estamos “contagiando” a nuestros hijos de estos malos hábitos. Obsequiamos consolas, en lugar de pelotas. Organizamos rutas en coche, en vez de bicicletas. Premiamos con comidas rápidas, en lugar de ofrecerles un buen potaje de la huerta.
Hoy he visto una noticia que decía así: “Comer poco alarga la vida de los mamíferos”. No me extraña. Comer mucho y mal, la acorta. Hacer poco ejercicio, también.
¿Qué estamos haciendo? ¿Es éste el estilo de vida que queremos tener?
Si algo bueno nos ha traído la crisis es el aumento de los tuppers en los trabajos, de los potajes en los hogares y un poco más de ocio “gratuito” y sano, como jugar a la pelota o corretear por los parques.
A mí, aún me queda lo de dormir poco, porque ¿quién se resiste a dormir unas horitas de más cuando el fin de semana llega? Aunque con estos días de calor casi consigo cumplir el precepto:
“Poca cama, poco plato y mucha suela de zapato”