
Cuando regresaba esta noche a casa "tropecé" con una vecina que, un tanto malhumorada, me dijo:
¡Tantas fiestas, tantas fiestas, con la crisis que tenemos!.
Ni siquiera tuve tiempo de reflexionar sobre qué asunto se refería porque el estruendo de los fuegos artificiales me hicieron tomar conciencia del “problema”.
Lo cierto es que llevaba caminando un ratito y no me había percatado de las fiestas que se celebraban en algún barrio de mi capital; ni las luces, ni el ruido habían logrado sacarme de mi rutinario paseo.
Mientras subía las escaleras, la frase que había pronunciado mi vecina volvió a mi : “...con la crisis que tenemos” y me dije “para el caso que les hacemos” . Por supuesto me refería a los fuegos artificiales, porque de la crisis todos tenemos algo que decir.
¿Quién no recuerda cuando niño la atracción que nos producía el ruido y los fulgurantes colores de los fuegos artificiales en las fiestas mayores de nuestros pueblos o ciudades?. Todos nos hemos sentido atraídos por esa luz colorida, de súbita aparición y débil permanencia. Palmeras de colores centelleantes que parecían hacerse dueñas del firmamento y que nos hacían girar la cabeza allá donde estuviéramos y elevar la mirada hacia lo alto, boquiabiertos y sorprendidos hasta que la traca final ponía el broche ruidoso al show lumínico.
El momento apoteósico de cualquier fiesta grande concluía con, un mayor o menor, espectáculo pirotécnico, según el municipio, la importancia del festejo y, como no, la dotación económica de la Comisión de Fiestas.
En el resto de eventos festivos, sólo los cohetes o voladores hacían su aparición, anunciando con su explosión y rastro de pólvora que las celebraciones habían empezado, lo mismo en la cabecera de la procesión del santo festejado, como en el comienzo y desenlace de la elección de la reina de las fiestas.
Hoy en día hay más variedad, pero también más cantidad y a no ser que unos ojos nuevos, recién estrenados, los vean por primera vez, ya no nos causan tanta admiración como antes, porque en cada rincón, cada barrio, cada evento, ya sea la despedida de un gran crucero o la inauguración de una plaza, hay fuegos de artificio y la traca final sólo consigue hacernos subir el volumen del televisor.
A fuerza de llenar el cielo de luces de colores, hemos terminado por no mirar hacia arriba.
Desconozco el precio de una sesión pirotécnica “discreta”, pero no es extraño que personas humildes, como mi vecina, se pregunten si con los tiempos que corren, donde tantas necesidades hay, sea tan “forzoso” llenar la bóveda celeste de segundos luminosos y humo para el deleite ¿de quién? en unas fiestas vecinales, cuando con un manojo de voladores hubiera sido más que suficiente.
Son muchísimas las veces que el sentido común choca de frente con los intereses “políticamente” correctos y cuando aquél te dice “aprieta el cinturón”, los otros dicen “una fiesta, un baile, unos fuegos de artificio y serán felices”.
Luces, ruido y humo que se desvanece, nada más, mientras muchos se preguntan si mañana cambiará su suerte.