7 de septiembre de 2010

7 de Septiembre



Caemos en la tentación de “dejarlo para una mejor ocasión” demasiadas veces. Posponemos ese regalo o esas palabras hasta el primer cumpleaños, la primera comunión, los 15 o los 18, el fin de carrera, el aniversario o las bodas de Oro como quien tiene la certeza de estar allí cuando llegue el momento.


Sin querer  “queriendo”  jugamos a sentirnos eternos, pero no, no lo somos.


Hoy es un día especial para ti y para mí; es tu cumpleaños, tu 17º cumpleaños y no voy a esperar a que cumplas 18 para regalarte un trocito de mi memoria:



“Hacía algunas horas  que sentía molestias en la zona lumbar. ¡No te impacientes, aún no es el momento! – había dicho tu abuela la tarde anterior,  al otro lado del teléfono y a 2000 kms. de distancia.



¿Sería posible? ¿Vendrías este día? ¿Me dejarías conocerte este 7 de Septiembre de 1993?. De ser así, habrías elegido un día muy especial. Borrarías de un plumazo una de mis tristezas, la que marcó otro 7 de Septiembre, seis años antes, cuando aquel avión despegó y me alejó de todo lo que había conocido y querido hasta entonces.



Sí, sí, sí, es un día precioso para que vengas a conocerme y además, hoy, justo hoy, hace 9 meses que el “milagro de la vida” se produjo. Que no te extrañe, las madres sabemos esas cosas, siempre tan apegadas a las fechas y los recordatorios. Si vienes hoy, te estaré esperando, como lo he hecho durante estos meses y como lo haré el resto de mi vida.



Llegó la hora, llamaré a tu padre.


¿Aún falta mucho?- pregunté. “Será cuando tenga que ser, aunque no tardará tanto como crees”- dijo alguien.



Y cuando llegó el momento,  se puso en marcha la verdadera carrera hacia la vida, ese paso estrecho entre las entrañas de una mujer, mezcla de dolor y esperanza,  bocanadas de aire, gotas de sudor y gemidos hasta el sonido anhelado: tu llanto.



Al mismo tiempo que el sol se escondía tras las redondeadas montañas  y las hogueras de “las candelarias” comenzaban a iluminar los cortijos y campos de la Axarquía aquel 7 de Septiembre,  viniste a mí, saliendo de mí, cambiando mi vida para siempre y por siempre.



Mientras mis manos tocaron las tuyas, tan pequeñas y frágiles, durante aquellos segundos, lloré. Lloré de felicidad, por ese momento, por verte bien, sano. Mis lágrimas felices se mezclaban con la sonrisa de mis labios al mirarte, al conocerte, al aprenderme cada uno de tus rasgos. Por fin estabas aquí, a mi lado.



Ni siquiera traté que me alcanzara el sueño aquella noche; era imposible; tenía tantas y tantas ganas de mirarte que  pasé mi primera noche como madre,  en vela. Puse mi mano cerca de la tuya y cogiste uno de mis dedos, abarcándolo durante toda la noche,  creando un nuevo cordón umbilical que nos mantuviera unidos nuevamente.



Aquel 7 de Septiembre de 1993 comenzaste tu vida y yo la mía, diferente a la que me hubiera gustado que tuvieras, distintas, ambas, a las que había soñado para nosotros pero ¡VIDA! con todo su significado; hemos luchado por ella, por la tuya y por la mía, nos hemos mantenido cogidos de la mano, como nuestra primera noche, intentando no desfallecer en este camino vital, a pesar de los contratiempos y de los tiempos.



No ha sido fácil ¿verdad?. Empezaste tu vida con una “super-mamá”, idolatrada y adorada, y  de repente, cuando tus hormonas empezaron a jugártela, ¿qué pasó?,  ¿dónde está mi madre?,  ¿quién es esta bruja?. No pasa nada, a las madres nos suele pasar eso, además de envejecer. ¡Caprichos de la naturaleza!. Pero no te preocupes, a mi madre, tu abuela,  también le pasó lo mismo y, justo el día que naciste, el maleficio desapareció y mi madre dejó de ser “bruja”  para volver a ser “la mejor madre”. Curioso, ¿verdad?. Me devolviste a mi madre.



Podría haber esperado un poco más para escribirte estas palabras, porque apenas estamos al principio del camino pero ¿por qué esperar a que la memoria traicionera trastoque las fechas, las imágenes o los sentimientos?.  



Durante los nueve meses que te esperé, mientras crecías dentro de mí, fuiste  modelando mi cuerpo de madre. Después estando a mi lado, en estos años, has ido modelando mi alma.



Sí tú eres fruto de mi vientre, yo soy fruto de tu vida.



“Al mismo tiempo que el sol se escondía tras las redondeadas montañas  y las hogueras de “las candelarias” comenzaban a iluminar los cortijos y campos de la Axarquía, aquel 7 de Septiembre… nacimos los dos”.



¡FELICIDADES, hijo mío, estamos de CUMPLEAÑOS!



TE QUIERO.-



7 comentarios:

Fernando López Fernández dijo...

Hola María

Bienvenida otra vez. Maravilloso post que no solo refleja el amor materno sino que también es un homenaje a las madres, a los hijos y a la vida.

Tu hijo hoy estará más feliz.

Maravilloso.
Un beso

Katy dijo...

Feliciddes al hijo en la madre y a la madre en el hijo. Recuerdos y lugares comunes aunque con sus matizaciones. Claro que no fue fácil ni lo será nunca. Es que es real y no virtual. Espero que tu hijo consiga entender un poco este maravilloso regalo. Aún es muy jóven... P
Pero lo escrito escrito queda

Katy dijo...

Ah es que me hablan siempre cuando estoy en otra cosa :(
Preguntarte por tus vacaciones y mandarte un gran beso María y otro a tu hermana que vendrá a felicitar a su sobrino.

Josep Julián dijo...

Hola María:
Bonitos recuerdos de madre nos dejas. Yo todavía recuerdo con todo detalle el momento en que fui padre y sí, es que la vida da un vuelco completo en esa fracción de segundo.
No conozco a tu hijo, pero sí un poco a la madre, lo suficiente como para decir que tiene mucha suerte, además de un hueso duro de roer. Pero que la vamos a hacer, eso va en el cargo.
Un beso y muchas felicidades.

María Hernández dijo...

Hola Fernando:

Pues sí, un poco este post ha terminando siendo como un homenaje a todos los hijos, las madres y abuelas del mundo.
Y es que los unos sin los otros no existirían ....y viceversa.

Te puedo asegurar que mi hijo, ayer, estaba tan superfeliz que apenas lo vi durante un rato, jaja.

Besos, Fernando.

María Hernández dijo...

Hola Katy:

No se te ha escapado ni un sólo detalle, aunque estuviera "entre líneas", jeje y has captado la intención perfectamente.

Como te dije en un comentario de un post anterior, "si no quieres que se sepa, no lo escribas", pero hacerlo es el mejor modo de perpetuarlo. Y si no, que se lo digan a los de Altamira: un ratito entretenido haciendo graffitis en las paredes de la cuevita y mira lo que han liado miles de años después, jeje.

Cambiando de registro: mis vacaciones finiquitadas, ya de vuelta al trabajo. En cuanto a mi hermana, se encuentran bien, tanto ella como la pequeña, esperando que llegue "el día"...como hacemos todas las madres y disfrutando de los últimos días antes de la entrada al cole de Guillermo, su primer retoño.
Para el cumple de Carlos, mi hijo, su tía le preparó una tarta preciosa, a la que rendimos "merecido homenaje" ayer, en su casa.

Muchos besos, Katy.

María Hernández dijo...

Hola Josep:

Ser madre o padre no es nada "extraordinario", ocurre todos los días, un montón de veces, a lo largo y ancho de este planeta, pero si es "especial" para quien lo experimenta, por eso no olvidamos detalle del día "en que todo cambió".

No sé si estará tan contento conmigo como yo con él (aunque a veces tropecemos, jeje), pero si que hay algo claro:
-Soy la madre que le tocó, y no hay otra, y él es el hijo que me tocó y no hay más. Así que...cada cual con su suerte, jaja.

Besos, Josep, una alegría verte por aquí.

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