14 de octubre de 2011

¿Tía, tienes cuentos nuevos?


¡Cómo me ha gustado esta pregunta de mi sobrino Guillermo!.

Al final, lo he conseguido. ¡Ya soy contadora de cuentos!.

No es lo mismo ser “leedora” que “contadora”. Lo primero lo puede ser cualquiera, con más o menos entonación y gracia, pero lo segundo es harina de otro costal.

El camino ha sido largo, pero ha valido la pena. Primero fui atenta oyente de los cuentos de mi padre; años más tarde, aprendiz con mi hijo y, finalmente, me he graduado con mi sobrino.

Él ha sabido captar la idea de mis cuentos “interactivos”, cada día distintos o repetidos, dependiendo de sus preferencias. Aunque lo más importante es que ya sabe que siempre pueden ser “cuentos nuevos”, porque podemos montar una historia sobre la marcha y deleitarnos con ella hasta que el sueño viene a traernos las palabras “Fin...por hoy”.

Después de muchísimos intentos, ya hemos fijado un patrón válido. Primero elige tema, luego lo vamos desarrollando hasta que llega el momento de “Tía June, cuenta con la mano”.

Que sea él quien haga la elección del tema permite que mantenga el interés en la historia. Al sentirse inmerso, participa aportando personajes, escenarios nuevos o preguntas. Intento que aparezcan datos “reales”, no solo imaginativos, de manera que el cuento se convierta en algo instructivo. Tiene que tener una duración adaptada a sus “ganas de dormir”; de nada serviría montar una historia interminable si tiene a Morfeo asomándose en sus pestañas. Por el contrario, si el sueño se resiste, el cuento puede tener mayor recorrido. Finalmente, hemos optado por el “momento zen” que se compone de caricias relajantes en su espalda y contar despacito y con voz suave del 1 al que se tercie a modo de “tantra”. Por eso Guillermo dice “Cuenta con la mano”.

Tenemos dos tipos de cuentos “en activo”. En unos, nosotros somos sus protagonistas, “aventureros” le digo, y nos paseamos por el mundo y el espacio con distintos medios de transportes en busca de nuestro objetivo. 

El otro tipo de cuento es más tradicional. Una historia con trama y desenlace en la que somos meros espectadores.

Estas dos noches pasadas hemos usado este formato y el tema principal: volcán submarino. ¡Qué originales!, jeje. Las noticias nos bombardean continuamente con los últimos acontecimientos vulcanológicos de la isla de El Hierro, así que hemos llevado la actualidad a la cama.

Algo así parecido a esto.

                                  UN RUGIDO EN EL MAR DE LAS CALMAS  

“En el mar más bonito del mundo, donde habitaban las criaturas marinas más maravillosas del planeta...

-¡Sí, tia June, habían caballitos de mar de colores rosa y amarillo!.

...estaba a punto de acontecer un fenómeno de la Naturaleza; la aparición de un volcán submarino.

-¿Ah, sí?.

-Sí.
Desde hacía varias semanas, los peces habían notado que algo raro ocurría. De pronto, sentían un zumbido extraño, desconocido. Desconcertados, se paraban, dejaban de nadar.

-¿Era un volcán, tía?.

Aún no sabían el motivo de aquellos zumbidos, pero sí, más tarde conocerían que un nuevo volcán estaba a punto de nacer allí, junto a su hogar, su Mar de las Calmas.


Un día, el zumbido dejó paso a un ruido ensordecedor. Todo tembló y las criaturas marinas quedaron , más que paralizadas, petrificadas.

- El volcán estaba rugiendo, tía June.

¿Rugiendo?, sí, esa puede ser la palabra perfecta.
En cuanto se recobraron del susto, todos los peces, desde los más grandes hasta los más pequeños, se reunieron. Los mayores...

- ¿Tiburones y ballenas grandes?.

Bueno, yo me refería a los abuelos y papás de los más pequeños, no de tamaño sino de experiencia.
Como te iba diciendo, los “abuelos” marinos, sin importar la especie a la que pertenecieran, se reunieron y comentaron los hechos.

“Esto no tiene buena pinta”- dijo el gran Mero.

“Desde hace algunos días he notado como se calientan mis patitas al caminar por el fondo”- apuntaba la imponente Langosta Herreña.

“Deberíamos acercarnos donde surgió el ruido y ver qué está pasando”- sentenció la Tembladera.

“Sí, eso haremos. Iremos a echar un vistazo y luego tomaremos las decisiones oportunas”- dijo la Vieja multicolor.


-¿Y no habían delfines?.

No, no estaban en las cercanías. Los delfines se encontraban en mar abierto, saltando y jugueteando entre la espuma de las olas y los rayos del sol, ajenos a todo lo que estaba ocurriendo. Recuerda que este volcán submarino surgirá muy cerca de la costa.

-Ah, vale.

Los “abuelos” dieron las indicaciones oportunas a todos sus grupos. Debían permanecer juntos y en una misma zona por si tuvieran que tomar alguna decisión urgente. Y mientras todos los peces se reunían, los “abuelos” se dirigieron a la zona del “Gran ruido”.

Según se iban acercando notaban como el agua iba tornándose más cálida. Aquello no indicaba nada bueno.

De pronto, allá a lo lejos y gracias a esas aguas tan cristalinas que les permitía ver a pesar de la distancia, contemplaron el maravilloso espectáculo que se estaba produciendo en el fondo del mar.
Grandes burbujas de aire viajaban de abajo a arriba, hacia la superficie, y justo donde antes vivía un gran coral negro, estaba empezando a surgir una sustancia viscosa, de color oscuro, que se derramaba por la superficie del fondo marino.


Es lava, tía!.

Sí, así era.
Los “abuelos” marinos estaban consternados. Nunca habían visto algo parecido. Entonces, el gran Mero dijo:

Mi padre nos relataba que, en una ocasión, un gran calderón le había contado que en uno de sus viajes hacia el norte, hacia la isla de la Palma, había visto algo parecido cayendo al mar. De esto hace muchos años, pero creo que se trata de lo mismo: un volcán”.

¿Un volcán?” – preguntaron a la vez el resto de los expedicionarios.

Sí, sí, un volcán. A veces, la Tierra se abre lanzando su interior hacia fuera, creando nuevos territorios. Así fue siempre y así será. Eso decía mi padre”- continuó explicando el gran Mero – “No se puede hacer nada, excepto alejarse lo antes posible y esperar a que los zumbidos cesen; entonces podremos volver sin peligro para examinar el terreno”.


La Vieja multicolor no tardó en gritar:
¿Y a qué estamos esperando?, ¡vamos, vamos!, avisemos a los nuestros y pongamos rumbo a un lugar más seguro”.

La Tembladera, que estaba acostumbrada a pulular por el fondo, se ofreció para servir de guía hacia un nuevo destino. Su experiencia sería muy útil para que las pequeñas criaturas, como camarones, erizos, estrellas de mar y cualquier otro bichito carente de aletas, pudiera tener la oportunidad de escapar. Ella los guiaría por la mejor de las rutas.

Cuando los “abuelos” marinos regresaron encontraron “un mar de vida”; chicharros, medregales, meros, sargos, gallos azules, viejas,  peces trompeta, tembladeras, pejesverdes, abades, chopas, cangrejos, bicudas, camarones, pulpos, pejeperros, tamboriles, chuchos. ¡No faltaba nadie!.

- Tía June, también estaban las estrellas de mar.

¡Claro que sí!, estaban todos.
Sin dilación, los “abuelos” contaron lo que habían visto y lo que tendrían que hacer, cuanto antes mejor.
Rápidamente se organizaron por grupos; unos irían explorando el camino, otros guiando a los más pequeños, etc.
Un gran río de criaturas fue tomando forma y alejándose del que hasta ahora había sido su hogar. Dos preguntas encabezaban aquel cortejo: “¿Dónde vamos?¿Cuándo podremos regresar?”.
Nadie tenía una respuesta certera. El tiempo, solo el tiempo, tenía la llave de su futuro.

Peor perspectiva les quedaba a aquellos que no podían moverse: corales, algas, anémonas, esponjas. Ellos tenían que quedarse y afrontar lo que se les venían encima, aún a costa de su desaparición.

Pasaron muchas lunas, demasiadas, hasta que el lejano murmullo del volcán dejó de oírse. Fue entonces cuando los “abuelos” marinos volvieron a reunirse y organizaron las nuevas exploraciones.

- Sólo es una Luna, tía June, pero sale todas las noches.

Cierto, pero ¿a qué cada día parece distinta?, unas veces más redondita, otras más pequeña, ¿verdad?.

-.

Las primeras en salir a hacer el reconocimiento de zona serían las tembladeras. Eran muy rápidas y podían ir y volver en poco tiempo.
Si sus averiguaciones resultaban positivas, otro grupo, formado por los ejemplares más experimentados de las especies más fuertes, pondría rumbo hacia el “nuevo territorio”.

Tuvieron mucha suerte, las noticias que llegaron no podían ser mejores; la temperatura del agua había descendido, ya no se veían burbujas, la lava había dejado de salir y donde antes hubo un campo de algas, hoy había una montaña altísima de curvas redondeadas.

Animados por las buenas nuevas, los “abuelos” marinos concluyeron que era el momento de volver. Contentos y emocionados, todos los que un día tuvieron que partir se prepararon, ansiosos, para regresar.

Esta vez, el ambiente era casi festivo, todos estaban felices y las millas recorridas fueron como un alegre paseo entre amigos.

Al acercarse al lugar indicado, no cabían en su asombro. ¡Tremenda montaña!.Tal vez impresionaba más de la cuenta, porque todo a su alrededor estaba yermo. No había ni rastro del campo de algas, ni se veía el colorido paisaje que brindaban los corales, ni tan siquiera una diminuta anémona. Nada, todo estaba desierto.

Perplejos, esperaron a escuchar lo que los “abuelos” marinos tendrían que decir.

Bien, muchachos – dijo el gran Mero - ¡Hemos vuelto a casa!. Ahora tendremos que volver a organizarnos, cada cual con su grupo. Algunos tendrán que buscar nuevas zonas para refugiarse, otros tendrán que aprender a manejarse sobre el nuevo terreno, pero tenemos que esforzarnos para volver a ser lo que fuimos, un mar precioso plagado de preciosas criaturas”.

¡Síiiiiiii, síiiiii!- gritaron todos a la vez.

Esperen, esperen” – anunció la Vieja multicolor. “Lo primero que tenemos que hacer es darnos una vueltecita para conocer la montaña nueva ¿qué les parece?”.

Los pequeños estaban entusiasmados; así, a lo lejos, aquella enorme estructura de lava solidificada se les antojaba misteriosa y llena de posibilidades.

Según fueron acercándose y perdiendo el miedo, descubrieron que su superficie era lisa y redondeada, lo que junto a las corrientes marinas, la convertían en un enorme parque recreativo.

-No, tía June...En un parque acuático.

Efectivamente, Guillermo, nunca mejor dicho. Aquella nueva montaña podía ser un parque acuático maravilloso.

Antes que el gran grupo se separara, la imponente Langosta Herreña pidió que le prestaran atención.

Ejem, ¿se me oye bien? – dijo mientras movía sus bigotes. “Queridos amigos marinos, la Naturaleza es impredecible y siempre estaremos expuestos a ella; es nuestro sino. Aún así, siempre está dispuesta a hacer concesiones y dádivas  y esta nueva montaña es  un buen ejemplo de ello. Si bien un día nos aterró su formación, hoy tenemos que verla como una nueva oportunidad. Algún día, de estos terrenos yermos, brotará la vida y a la Vida siempre  hay que regalarle una sonrisa. Eso es todo. Ahora...a vivir” – sentenció mientras hacía una reverencia.




- Tía June.- dijo Guillermo con voz somnolienta.

Dime.

- Ahora vamos a contar peces. Cuenta con la mano- exclamó mientras dejaba su espalda al aire, dando por finiquitado el cuento de hoy.

Vale. Contaremos peces. Un pez, dos peces.....veinte, veintiuno....cuarenta.

NOTA: Este cuento se lo dedico a un buen amigo, Josep Julián, estupendo contador de historias. ¡A vivir...y a contar!.

6 comentarios:

GLORIA dijo...

Pues sí, eres la contadora de cuentos oficial de mi casa y ya sabes que Guillermo no te perdona ni un día.... y hasta Ángela a veces se anima a subirse a la cama y a "estar presente" que ya es bastante.
Gracias, Tía June, besos

bicipalo dijo...

June..., me has llenado de celos hacia Guillermo, que él te pueda gozar todas las noches es un regalo divino. Hacia tiempo que no leía algo tan hermoso, con tanta gracia, con tanto sentimiento isleño...., sería el cuento que la sirena mas hermosa y dulce contaria a sus hijos, a sus hijas y a todos quienes, pasando por esos fondos marinos, escuchasen tu voz.

Fernando López Fernández dijo...

Hola María:

No dejas de asombrarme con tus habilidades. No conocía esta faceta tuya, pero la verdad es que está muy bien. Cuando eran pequeños mis sobrinos hacia lo mismo. les contaba los cuentos según la temática que elegían y muchas veces les hacía protagonistas.

El cuento, muy actual.

Un beso y feliz fin de

María Hernández dijo...

Hola hermana:
En realidad, formamos un "dúo de cuento"; no sé yo quién de los dos disfruta más.
Ayer, ya viste, me pidió que le leyera un cuento y después que le contara otro:
"El de los peces, Tía June, pero no el del volcán "submarítimo", sino el de los marlins".
En fin, ahora estamos un poco "Capitán Custó", de mar en mar y tiro porque me toca, jeje.
Y en cuanto Ángela se anime, ándate con ojo que vas a tener que instalarme una cama para mí también.
¡Seré cuentista!, jaja.
Besos.

María Hernández dijo...

Hola Pedro:
Anda que tú tampoco vas corto de imaginación, jeje.
Lo que pasa que luego no todo es tan idílico; tendríamos que vernos entre mocos y toses. Una sirena, sí, pero de bomberos, jaja.
"Tengo unos poquitos de virus, tía June"..."No te preocupes, seguro que yo tengo otros pocos, pero ya estás mejor, ¿a qué sí?"..."sí, un poquito más mejor".
Besos y cuentos para tí.

María Hernández dijo...

Hola Fernando:
Lo del cuento me viene de familia, pero por coleccionar habilidades que no sea.
Ahora, incluso me atrevo con los malabarismos a tres pelotas. El circo ya lo tengo formado, ahora solo queda ir esperando a que "crezcan mis enanitos", jeje.
Un beso y feliz semana.

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