26 de julio de 2012

Entrevista con ...


Hoy, contra todo pronóstico, he ido a presentar mi currículo de manera presencial y personal a una empresa.
Lo normal, hasta la fecha, ha sido presentar vía internet, a través de las páginas de las empresas, colocarlo en varios buscadores de trabajo, o incluso, a través de correo electrónico a modo “de boca en boca”, de un amigo que tiene otro que sabe quien puede saber algo de un remoto empleo.
Ya de entrada iba mal. Las referencias que me habían dado no eran claras, procedían de una tercera persona, ni siquiera  conocía el nombre de la persona por quien tenía que preguntar. Muy mal para empezar, pero tenía que intentarlo.
Aún así, como siempre, me preparé antes. Sopesé los pros y los contras, la actitud que debía mantener y qué imagen, incluso, debía dar, busqué información de la empresa, a qué se dedicaba, etc.
Supuestamente, tenía que presentarme ante “la subdirectora” de la firma; ya me extrañó que un cargo así se dedicara a supervisar, personalmente, las ofertas de empleo, pero era el único dato que tenía. Bueno, eso y que debía presentarme entre las 4 y 5 de la tarde de hoy.
Salí de casa con tiempo suficiente para ser puntual pero sin adelantarme a la hora convenida.
Cuando entro, la empleada más cercana a la puerta me preguntó el motivo de mi visita. ¿Cómo explicarle?.
-¿La subdirectora, por favor?- dije por ver si así era suficiente.
- Pero, Ud. ¿con quién quiera hablar, cómo se llama?- me pregunta la muchacha.
- Sinceramente, no sé su nombre. Ayer vino alguien y la persona que la atendió le dijo que me presentara entre las 4 y las 5 y preguntara por la subdirectora- señalé por ver si así se aclaraba algo.
- Es que...aquí no hay ninguna subdirectora.
“Vaya – pensé- vamos muy, pero que muy mal".
-¿Cuál es el motivo de su visita? Tal vez así pueda ayudarle- dijo la empleada.

Ya no había marcha atrás, todo había empezado mal, así que no quedaba otra que tirarme a la piscina con la respuesta clásica.

-Vengo a entregar un currículo- dije mientras casi visualizaba como mis “méritos escritos” iban a parar a una papelera.

- ¿Su nombre? ¿Cómo se llama la persona que la envió? ¿Tiene ahí el currículo?.- apuntó descargando su batería de preguntas.

(“Lo dicho....acabará en la papelera"- pensé).

-Por supuesto, aquí lo tiene. Mi nombre es María y quien me envió se llama “XXX”.

- Espere un momento, veré si la pueden atender- dijo mientras se alejaba.

Al cabo de unos minutos escasos, regresó y me dijo que esperara, al tiempo que me devolvía el currículo.

Y esperé y esperé...Mientras, aproveché para observar el funcionamiento de aquella oficina. Habían, al menos, 18 personas. En cada rincón de la sala había una cámara de seguridad y las imágenes que captaban se podían ver en un plasma colocado en una de las paredes. A pesar de contar con un importante número de empleados al teléfono, reinaba un silencio administrativo peculiar. No había una voz más alta que otra, ni siquiera el sonido del teléfono era estridente.
Tras un buen rato observando, pude identificar a la empleada que me había atendido como responsable o encargada de un departamento. Escuché que le decía a otra empleada: “No puedes contestar así al teléfono, como con desgana” e imitó las formas de la reprendida. Eso me hizo confirmar mis sospechas: era la responsable del grupito de empleados de esa zona.
Contrastando con ese silencio entre gente, desde el fondo llegaban retazos de una conversación, más bien, un monólogo algo alterado. Coincidía su procedencia con el camino que había tomado la encargada cuando tomó mi currículo.

Vaya, vaya...creo que estoy esperando para hablar con esa persona que grita al teléfono. Mal asunto”- pensé mientras seguía con mi repaso visual de la oficina.

En varias ocasiones mis ojos se cruzaron con la mirada de otra empleada, situada en un rincón. Estaba rodeada de expedientes, cuidadosamente colocados y parecía que su función era la de revisarlos, contar las páginas, anotar algo y poner y quitar algunas grapas. Cuando acababa con un montón se dirigía a un armario archivador, los colocaba en su correspondiente carpeta colgante y, después, comprobando un listado en su poder, volvía a tomar un grupo grande de expedientes para continuar con el mismo trabajo.

Al otro lado de su mesa, había un joven al que otra empleada estaba instruyendo. No sé si estaría de prácticas o haciendo alguna prueba, pero la ausencia de uniforme, presente en el resto de la plantilla, me hizo pensar que era recién llegado.

En un momento dado, un señor, algo mayor, salió del pasillo y se dirigió a una empleada diciendo:
-¿Puedes venir un momento?.
La chica, algo confundida, le indicó con el dedo si se dirigía a ella y éste le dijo:
-Si es a ti, pero no te asustes, no es nada malo.

Pensé...”Ahí está, el miedo del que tiene un trabajo y no sabe cuando lo perderá”.

No era nada malo, al señor le urgían unas fotocopias y para éso la había requerido, nada más, solo eso. Imaginé el suspiro interior que habría dado la muchacha tras saber que solo le pedían unas copias.

Mientras repasaba, mentalmente, todo ese lenguaje corporal que debía controlar en el momento de la entrevista, mis ojos seguían paseándose por cada rincón de la oficina; eso sí, sin girar la cabeza de modo descarado, ni tampoco modificar mi postura para alcanzar ver rincones ocultos.
Todo estaba bastante limpio. Los puestos de trabajo, casi todos de naturaleza informática, cumplían con los requisitos mínimos de salud laboral; altura correcta de sillas y pantallas, reposapiés en todos los puestos, buena iluminación, los cables bien organizados en sus canaletas, etc.. Solo eché de menos auriculares inalámbricos dado el trabajo que realizaban, con muchas llamadas, al tiempo que usaban los pcs.

Tras hora y media de espera, regresé al mundo real. Saliendo del pasillo, una señora, de mediana edad, se acercaba a mi.
-¿Es Ud. quién me espera?- me dijo.
- Si- contesté.
- Espera un momentito- dijo, guardando el Ud. y dirigiéndose hacia un teléfono.

Se perdió, nuevamente, por el pasillo. Desde lejos volvía a resonar su voz, fuerte, como de excesivo carácter.
Minutos más tarde regresó y, esta vez, me indicó que la siguiera hacia una sala. No sé cual fue la razón pero cambió de idea y nos dirigimos, directamente, a su despacho, mientras me preguntaba qué formación tenía.

Ya en el despacho, se mantuvo de pie tras su mesa  y yo hice lo propio.

Tomó mi currículo y sin mirarlo siquiera, me dijo:

-Solo ofrezco dos plazas para comerciales, pero según te miro, no das el perfil del tipo de comercial que busco- me espetó.
-No busco trabajo de comercial, soy buena en otras gestiones, pero ser comercial no es lo mejor que sé hacer.- le contesté.

-Todos esos empleados que ves ahí son universitarios. Hoy en día es muy importante tener estudios superiores, si no estás perdido porque la oferta es grande- apuntó.

Pensé en la chica de las grapas.

- ¿Qué edad tienes María?- preguntó.
- 43 – respondí.
-Pues lo tienes muy negro- sentenció.
-Lo sé, llevo año y medio buscando trabajo y apenas he conseguido un par de entrevistas. Tengo 43 años, es cierto, pero tendré que trabajar hasta los 67- dije por si captaba el mensaje oculto.
- Además, hay mucho joven preparado esperando trabajar- continuó.
- Lo sé, pero además de mi experiencia, tengo otras ventajas: no voy a faltar por maternidad, ni por enfermedad de hijos pequeños; tengo uno, pero de casi 19 años, ya no es obstáculo para mi y a mis 43 soy  más activa que nunca- aproveché para dejarle caer.

Durante toda la conversación intenté controlar mis gestos. Sin duda, estaba delante de un “león con dientes puntiagudos” y no quería que notara ni un ápice de sumisión.

Y comenzó a soltarme un discurso sobre la situación actual, sobre sus logros, sobre lo que debería hacer el gobierno respecto a las empresas  para salir de la crisis.

Sus fórmulas:
-Ni un duro a los sindicatos; éstos enfrentan al trabajador con la empresa.
-Acuerdos entre trabajador y empresario, al margen de, imagino, la ley.
-Controlar los medios de comunicación porque si siguen mostrando los enfrentamientos no se avanzará hacia delante.
-Bonificaciones especiales. Por ejemplo: Si contratas a María que tiene más de 40 años, tres años sin pagar seguros sociales. Si contratas a su hijo de 19 años, sin experiencia y por un salario reducido, dos años de bonificaciones totales. (los ejemplos los puso ella, que conste).
-Nada de paro, ni indemnizaciones. Se trabaja en una relación de mutuo acuerdo y cuando se acabe, se acabó...”no tengo por qué darte nada”. “El trabajador y el empresario se tienen que querer, mutuamente”.
- Solo debería haber paro para las personas que se queden sin trabajo, de golpe, por la quiebra de la empresa.
- A los hijos habría que ponerlos a trabajar desde los 18 y, si pueden, que estudien además.
- Etc., etc., etc.

¡Qué gran suerte la mía que aprendí a morderme la lengua, a respirar con conciencia y a no dejarme llevar por el arrebato!.

Estaba muy claro que la conversación no iba a llegar a ningún lado productivo, pero ella seguía alzando la voz, gesticulando sin parar, haciendo gala de su entusiasmo empresarial y, de vez en cuando, usando expresiones humillantes.

-Le agradezco el tiempo que le he robado, le pido disculpas por ello, porque intuyo que es Ud. una mujer muy ocupada- le dije para intentar acabar con aquella situación tan rocambolesca de una manera “formal”.

-No te preocupes, María. Me gustaría ayudar a muchos, pero ya sabes cual es el panorama. Déjame tu currículo y si me entero de algo, te aviso, pero lo tienes muy negro, negro, negro- volvió a repetirme.

-Lo sé, lo sé – dije.

Y entonces, saliéndose del papel que había interpretado hasta ese momento, se acercó a mi para despedirme  con un beso en la mejilla, como si nos conociéramos de algo más que aquella extraña cuasiconversación.

Admito que este detalle me descuadró completamente.

-Por cierto, ¿su nombre es?- le pregunté.
- Bond, Fulanita Bond- respondió. 

(Obviamente, el nombre real no es éste, pero sirve para identificarla).

Me despedí, al salir, de la empleada que me había atendido y con un “Buenas tardes a todos”, salí por la puerta.

Al arrancar el coche, pensé:

-“Bonito futuro nos espera ... y sobre todo NEGRO”.


Al llegar a casa de mis padres, les comenté todo el asunto y, precisamente, les dije:

- Nada me gustó, pero lo del beso en la mejilla al despedirse...no me cuadra.
Al empezar a escribir este post, se me ocurrió hacer una búsqueda en google con el nombre de la señora en cuestión y no como lo había hecho anteriormente, con el nombre de la empresa.

¡Oh, sorpresa!

Muchos comentarios en foros, advirtiendo sobre esta empresa, sobre su dueña y sus formas, sus humillaciones constantes hacia el personal, sobre la forma de trabajo y los abusos, e incluso, sobre su orientación sexual aplicado a la empresa.

¡JODIDO BESO DE DESPEDIDA!,  ya me había descuadrado, pero ahora todo cuadra perfectamente.
Lo de seguir a pie juntillas los consejos para una entrevista y mantener, siempre, la mirada, tal vez no fue, en este caso, muy adecuado.

Con casi total seguridad no me llamarán de esa empresa, dado su perfil de contratación, pero, sinceramente, espero que no lo hagan y si lo hacen, ojalá  ya esté trabajando en otro lugar, porque de lo contrario y  “sintiéndolo mucho, seré yo quien diga:

Negra, puede, pero esclava...JAMÁS”.

2 comentarios:

bicipalo dijo...

No entiendo la actitud de esa fulana, ¿pero como puede decirte que lo tienes negro...?, ¿Quien es ella para augurar tu futuro de esa forma tan humillante y ofensiva...?, me extraña que no le dieses una coz cuando empezó con las soflamas politicas. Bueno Maria, yo desde aquí te envió luz..., y porque tengas un futuro negro, que desde luego no lo tienes, lo unico negro es la mente y el alma de esa idiota.
Bon dia y besetssssssssss.
P.D. A este paso va a ser cuestion de ir a las entrevistas con la misma mala hostia que tienen los entrevistadores, si al final no te van a contratar por lo menos les cantas las verdades,

María Hernández dijo...

Hola Pedro:

Aunque ese tipo de personas se merecen encontrarse delante de otra que los trate igual, o peor, no seré yo quien se preste a ello, porque no es mi estilo rebajar mi nivel de educación hasta tal profundidad. De otra forma me convertiría en maltratador y, obviamente, mi salud mental y física están perfectamente equilibradas, de manera que no tengo ninguna necesidad de sentirme superior a nadie y, muchos menos, utilizando esas argucias.

Aún así, no es tan inusual encontrarse con personajes así dirigiendo empresas, aunque también los hay que son personas educadas, afortunadamente.

Y bueno, tampoco me preocupa que esta señora me augurara un futuro negro, al menos, tengo un presente digno.

¿Sabes por qué uno no debe "cantarle las verdades" como tú dices?, porque esta isla es muy pequeña y no sabes hasta donde pueden llegar los rejos de ese pulpo. Si el mundo es un pañuelo, cuenta con seguridad que, en una isla, apenas somos "mocos" y estos mocos tienen que encontrar trabajo.

Y en eso estamos...tarde o temprano llegará. ¡Me quedan 24 años antes de los 67, muchos más de los que llevo trabajados!

Un beso, Pedro.

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