
Hacía tiempo que su corazón naufragaba sobre el profundo océano de la soledad. Los días lo iban atrapando entre redes de monotonía y resignación y, alguna vez, se preguntaba si sería así para siempre.
En las tardes, mientras escuchaba las suaves notas de jazz que fluían entre las paredes de su salón, recordaba aquel bienestar del saberse y sentirse enamorado. Cerraba los ojos y se dejaba arrastrar por la nostalgia del pasado. Repasaba los momentos más dulces y entrañables de aquella otra vida, de aquellos sueños inalcanzados, y regresaba con el agridulce sabor que deja “lo que pudo haber sido y no fue”.
La música seguía llenando la estancia y entre el bamboleo de las corcheas, fusas y semifusas se dejaba llevar hasta ese estado de consciencia donde se empiezan a forjar los sueños.
En las tardes, mientras escuchaba las suaves notas de jazz que fluían entre las paredes de su salón, recordaba aquel bienestar del saberse y sentirse enamorado. Cerraba los ojos y se dejaba arrastrar por la nostalgia del pasado. Repasaba los momentos más dulces y entrañables de aquella otra vida, de aquellos sueños inalcanzados, y regresaba con el agridulce sabor que deja “lo que pudo haber sido y no fue”.
La música seguía llenando la estancia y entre el bamboleo de las corcheas, fusas y semifusas se dejaba llevar hasta ese estado de consciencia donde se empiezan a forjar los sueños.
... “Atardecía y el sol se escondía con la mejor de sus galas, en un intenso alarde de color que daba forma a su redondez. Se escuchaban suaves cantos que conformaban la banda sonora ideal para aquel momento. El calor era inevitable, pero la inmediatez de la noche hacía posible que el aroma del jazmín, que cubría el patio, se derramara por todo el recinto embriagando el aire con sus sugerentes esencias.
Ataviados con chilabas, al estilo del lugar, los dos enamorados disfrutaban de ricos manjares, elaborados más bien para exaltar los sentidos que para aplacar necesidades. Se miraban a los ojos mientras se ofrecían, uno al otro, los placeres de aquel ágape sensual.
Se sabían muy enamorados; a pesar de los años, del pasado y del presente, eran como adolescentes ciegos que se amaban por encima de cualquier circunstancia.
La noche continuó envolviéndolos y enredándolos hasta que los besos, las caricias y el deseo fueron tan intensos que acabaron por entregarse mutuamente, abandonando sus anhelos en los brazos del otro. Y se transformaron en lo mejor de si mismos, en el mejor amante, en la mujer más bonita, en el hombre más delicado, en la mujer más ardiente, en el hombre más apuesto, en la mujer más experta…..En definitiva, se convirtieron en lo que sus corazones deseaban ser para el otro y para si mismos, porque cuando la entrega es absoluta, esa metamorfosis es el milagro del amor verdadero”…
Así, recreando en su mente los detalles de un sueño, le alcanzó la noche y mientras el dulce sonido de la música lo envolvía, por la ventana se colaba el aroma del jazmín de su terraza. Había recobrado durante unos minutos aquella sensación tan sublime de sentirse como lienzo en blanco donde el amor garabatea con los colores del arco iris.