28 de octubre de 2008

Cuando el miedo no existe


Hace 10 meses que un pequeño ser, al que cariñosamente llamo “peloto”, vino a colmarnos de felicidad. Es mi sobrino, el más peque de la familia.
Lo visito a diario, no sólo porque soy su tía, sino porque siento “síndrome de abstinencia” si no lo hago; me tiene chiflada perdida.

En estos escasos meses he ido observando su crecimiento, sus progresos día a día y no deja de sorprenderme la capacidad, tan enorme, de aprendizaje con la que venimos al mundo.

Mi “peloto” ha pasado de ser un bebé sin más a ser un torbellino “a cuatro patas”. Atrás quedaron sus primeros movimientos temblorosos y damos la bienvenida a tocar las palmas, decir adiós, imitar expresiones, etc.

Mirándole y observando, cada día, que nueva habilidad ha logrado, me planteo cuánto hemos tenido que aprender en nuestro primer año de vida. Todos hemos pasado por ello, pero creo que pocas veces nos hemos parado a pensar cuanto sacrificio, práctica, aplicación, tesón y afán de superación hemos tenido que poner de nuestra parte para conseguirlo.

Mirándole, me pregunto ¿qué energía “maravillosa” será la que nos acompaña durante nuestra infancia?.

Cuando crecemos y nos convertimos en adultos, dejamos de poseerla, al menos, la mayoría de nosotros y achacamos a otras muchas circunstancias nuestra incapacidad para “aprender”.

En el fondo, creo que nos paraliza el miedo; miedo a no lograrlo, miedo a no ser capaz, miedo a intentarlo. En definitiva...MIEDO.

¿Cuánto nos costó aprender a coger nuestro chupete y llevarlo hasta nuestra boca con precisión? ¿nos paró el miedo a fallar? ¿a que se cayera? ¿a perderlo? NO. Lo intentamos una y otra vez, hasta lograr la destreza y motricidad suficientes para lograrlo.

¿Cuánto nos costó aprender a hablar? Más aún, ¿cuánto nos costó comprender que existía un lenguaje, un código, una ley para comunicarnos? Seguramente, mucho más de lo que nos costaría aprender otro idioma correctamente, pero no nos paramos a pensar que era algo imposible. Ahí estábamos, mirando a todos esos seres de caras ovaladas que nos hablaban, que emitían ruidos y nos pusimos manos a la obra para conseguir expresar nuestros pensamientos.

Mirando a mi “peloto” disfruto de todos sus progresos, desde mi papel de tía encantada, y no escatimo besos, ni mimos cuando de festejarle sus logros se trata y como no tiene miedo para aprender, tampoco lo tiene para lanzarse a los mil peligros que la vida le depara, pero para velar por él, las veinticuatro horas del día, están sus padres. A mi, esta vez, me toca ser “TÍA” y voy a disfrutarlo hasta que me llame “bruja” y luego seguiré queriéndolo igualmente, como quiero a mis otros dos sobrinos (que ya me lo dicen, jaja).

2 comentarios:

Sentimiento dijo...

La pregunta sería: ¿se trata de genética?. ¿Es posible que tu hermana y cuñado hayan transmitido esos sentimientos?.
Pero lo más importante, ¿dónde aprendiste tú a amar, a dar cariño y ser tan especial?.
¿Por qué despierta la noche esa pasión por cumunicar?.
Buena estrella para "Peloto".
Un beso para la "Bruja".

María Hernández dijo...

Vaya, muchas preguntas juntas, eh?, jaja.
"Peloto" ya va conformando su carácter (y parece que va a ser como su madre...fuerte, fuerte) pero también es muy risueño y agradecido. Por tanto, espero que la genética tenga algo que ver.
En cuanto a mí, pues..me vino de "fábrica"; mis padres dicen que me "intentaron" durante 4 años, así que imagino que, además de ganas, le tuvieron que poner amor.
Respecto a lo de la nocturnidad, es mi momento. Sobre todo ahora que el "niño" se apodera del pc y si quiero usarlo tengo que esperar a que lo deje libre, jajaja. De todas formas, a mi, la noche "me desconfunde" y me aclara las ideas.
Gracias por estar ahí...allí...o aquí.

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