
Llegados a estas alturas del año, cuando la primavera no ha hecho más que asomar en el calendario y algunas florecillas comienzan a aparecer, nos vemos atrapados en el cambio de hora.
Esto que, a simple vista, parece ser algo más que apetecible, porque el día se alarga y las horas de luz nos hacen “florecer”, se convierte en un verdadero caos cuando pensamos que hay que perder una hora de la noche del sábado del último fin de semana de marzo. El verdadero problema no es cambiar la manecilla del reloj, el dilema comienza cuando intentamos comprender qué pasará mañana cuando el despertador suene “¿ahora qué toca, que todo esté más claro o más oscuro?” “¿si antes eran las 7, ahora que hora será?”. Cada año las mismas conversaciones en los trabajos, en las tiendas, en los coles y es que, al parecer, algo tan sencillo como adelantar una hora, nos trastoca las neuronas y nuestros biorritmos y aunque parezca casi imposible, hay quienes, después de pasarse años haciendo este mismo gesto, no sabe qué es lo que toca hacer cuando el cambio horario es en primavera o cuando es en otoño.
Yo aprendí lo que pasa en primavera del modo más drástico que existe: asumiendo la cruda realidad.
“Un lunes, como hoy, allá por los años ’80 y tras el famoso cambio de hora, mi madre me envió a hacerle unas compras. La tarde era ideal, la primera tarde larga de aquella primavera que nos acercaba a un verano lleno de aventuras y sin cole. Sin duda, era un acontecimiento para celebrar. Todos los amigos estaban en la calle, jugando y dejando pasar el tiempo porque aquella tarde sería eterna. No era cuestión de resistirse, sucumbí ante la tentación y me apunté a los juegos. El sol no dejaba de brillar en el cielo y la luz parecía haberse detenido, dándonos motivos sobrados para alargar los minutos.
Cuando me pareció que se acercaba la hora de volver a casa, fui, muy diligente, a hacer las compras que mi madre me había indicado, pero cuando doblé la esquina comprobé, casi sin entender, que la tienda había cerrado. Entonces fui consciente de lo que significaba “adelantar una hora”; también esa enorme tarde le pertenecía a todas las tiendas y sus empleados, a aquellos que casi nunca podían disfrutar de ver su sombra en una acera y de todos los que, por fin, podían regresar a casa sin que la noche se les viniera encima.
Pero mientras que, a todos ellos, la luz de la primavera los colmaba de alicientes, sobre mí se abatió una nube oscura y borrascosa:
-“Ay mi madre, ahora ¿cómo vuelvo a casa sin los mandados?-.
Pues así, sin ellos volví y allí estaba mi madre, esperando mi llegada. Tuve que explicarle que “la tarde tan maravillosa me había atrapado” y que el cambio de hora me había jugado una mala pasada y “todo, porque no tengo reloj”. No me sirvió de excusa, porque si tenía reloj, perdido en alguna zona de mi dormitorio y además mi madre no creyó casi nada de lo que le dije. En cambio, me sirvió para no olvidarme que en este ajuste horario te levantas más oscuro y la tarde se alarga, pero…. las tiendas cierran antes que te des cuenta".
Así es como funciona el cambio de hora: en primavera, tienes que darte prisa, aunque el día sea más largo, y otoño te sobrará el tiempo porque la noche estará presente antes de lo que te gustaría.
¿Te acordarás la próxima vez?
Esto que, a simple vista, parece ser algo más que apetecible, porque el día se alarga y las horas de luz nos hacen “florecer”, se convierte en un verdadero caos cuando pensamos que hay que perder una hora de la noche del sábado del último fin de semana de marzo. El verdadero problema no es cambiar la manecilla del reloj, el dilema comienza cuando intentamos comprender qué pasará mañana cuando el despertador suene “¿ahora qué toca, que todo esté más claro o más oscuro?” “¿si antes eran las 7, ahora que hora será?”. Cada año las mismas conversaciones en los trabajos, en las tiendas, en los coles y es que, al parecer, algo tan sencillo como adelantar una hora, nos trastoca las neuronas y nuestros biorritmos y aunque parezca casi imposible, hay quienes, después de pasarse años haciendo este mismo gesto, no sabe qué es lo que toca hacer cuando el cambio horario es en primavera o cuando es en otoño.
Yo aprendí lo que pasa en primavera del modo más drástico que existe: asumiendo la cruda realidad.
“Un lunes, como hoy, allá por los años ’80 y tras el famoso cambio de hora, mi madre me envió a hacerle unas compras. La tarde era ideal, la primera tarde larga de aquella primavera que nos acercaba a un verano lleno de aventuras y sin cole. Sin duda, era un acontecimiento para celebrar. Todos los amigos estaban en la calle, jugando y dejando pasar el tiempo porque aquella tarde sería eterna. No era cuestión de resistirse, sucumbí ante la tentación y me apunté a los juegos. El sol no dejaba de brillar en el cielo y la luz parecía haberse detenido, dándonos motivos sobrados para alargar los minutos.
Cuando me pareció que se acercaba la hora de volver a casa, fui, muy diligente, a hacer las compras que mi madre me había indicado, pero cuando doblé la esquina comprobé, casi sin entender, que la tienda había cerrado. Entonces fui consciente de lo que significaba “adelantar una hora”; también esa enorme tarde le pertenecía a todas las tiendas y sus empleados, a aquellos que casi nunca podían disfrutar de ver su sombra en una acera y de todos los que, por fin, podían regresar a casa sin que la noche se les viniera encima.
Pero mientras que, a todos ellos, la luz de la primavera los colmaba de alicientes, sobre mí se abatió una nube oscura y borrascosa:
-“Ay mi madre, ahora ¿cómo vuelvo a casa sin los mandados?-.
Pues así, sin ellos volví y allí estaba mi madre, esperando mi llegada. Tuve que explicarle que “la tarde tan maravillosa me había atrapado” y que el cambio de hora me había jugado una mala pasada y “todo, porque no tengo reloj”. No me sirvió de excusa, porque si tenía reloj, perdido en alguna zona de mi dormitorio y además mi madre no creyó casi nada de lo que le dije. En cambio, me sirvió para no olvidarme que en este ajuste horario te levantas más oscuro y la tarde se alarga, pero…. las tiendas cierran antes que te des cuenta".
Así es como funciona el cambio de hora: en primavera, tienes que darte prisa, aunque el día sea más largo, y otoño te sobrará el tiempo porque la noche estará presente antes de lo que te gustaría.
¿Te acordarás la próxima vez?